- Estaríamos todos muertos, y tú no estarías hablando, ni holgazaneando como siempre lo haces, mueve tu culo fuera de esta casa y haz algo por la comunidad, que bien dices que el sol y la arena nunca te han molestado, el hijo de una figura de autoridad y respeto no puede andar como un mimado por estas calles, me he cansado ya de decírtelo, Thabei - Dijo una voz gruesa y ronca desde uno de los pasillos de aquella casa, haciendo temblar al chico y caer de la silla en la que reposaba.
-Tienes que dejar de asustarme así, Odebor, tu oído no decae con los años, algo que no se puede decir de tu barriga, si no fuese por la falta de licor en este terreno olvidado, por cual sea ser divino quieras nombrar, diría que has estado tomando a escondidas de mamá- Luego de un receso tras esa réplica, un grito hizo temblar las jarras que rodeaban a Thabei. -¡Te he dicho cientos de veces que no me llames por mi nombre! O te refieres a mí con respeto como Rha, o me llamas padre. Ahora sal antes de que yo te saque de la choza, tus ofensas espero que nunca lleguen a oídos de nuestros compañeros- La orden fue acatada de inmediato, Thabei se levantó y salió del recinto, y comenzó a caminar sobre las calles y caminos de piedra, buscando oficio, tal cual le ordenó su padre.
Ese pueblo... siempre le había dado algo de asco a Thabei, el sol en su cara al caminar y la arena dentro de su calzado eran quizá las únicas dos cosas que realmente le gustaban, que disfrutaba de su vida ahí, donde se consideraba atrapado y aislado de todo; los recuerdos que le traían alguna sonrisa espontánea eran pocos, desde su niñez había visto con desagrado esas paredes tan altas, esa piedra resquebrajada que le impedía ver el horizonte, que lo elevaba todo tanto, y lo dejaba a él tan por debajo de aquello que estaba a la expectativa, justo del otro lado, más allá de esa prisión gris y gigante. Fantasear siempre había sido el pasatiempo favorito de Thabei, en esas caminatas largas que nunca terminaban en oficio, si no en siestas a escondidas, trepadas a techos o al mismísimo muro, que no servía ni para montar vigías, pues era muy delgado. Según Thabei, solo cumplía dos funciones, la de no dejar a nadie ver aquello que era mejor, el futuro, su futuro, y la de recordar... no dejarlos olvidar el miedo, su inferioridad ante ellos.
-Necesito pruebas, las necesito, no he podido dormir bien en días desde que pensé en esto ¿Será cierto? ¿Los Alados estarán vivos? ¿Existirán siquiera? No, obviamente existen ¿O sería mejor decir que existieron? eso es innegable, nadie puede ser tan estúpido como para encerrarse en una ciudad y pagar tributos absurdos que nos obligan a pasar hambre o sed solo por una vaga fantasía o leyenda, nadie ¿O sí?-
-Necesito pruebas, las necesito, no he podido dormir bien en días desde que pensé en esto ¿Será cierto? ¿Los Alados estarán vivos? ¿Existirán siquiera? No, obviamente existen ¿O sería mejor decir que existieron? eso es innegable, nadie puede ser tan estúpido como para encerrarse en una ciudad y pagar tributos absurdos que nos obligan a pasar hambre o sed solo por una vaga fantasía o leyenda, nadie ¿O sí?-
Todas estas dudas se acumulaban en su cabeza, mientras andaba entre las pequeñas calles de ese pueblo lleno de otras chozas de piedra untada en barro, justo como la suya, entre caminos hechos con baldosas de piedra, entre las cuales la arena corría con el viento, golpeando y carcomiendo con el paso de los años las rocas que conformaban todas las viejas edificaciones a su alrededor. Thabei caminó hasta el muro más cercano, el límite de Villmark, nadie salía o entraba sin permiso del Rha, y empezó a caminar con su mano apoyada a la pared, sin despegarla en ningún momento, la roca calentada por el sol implacable quemaba un poco su palma, cosa que no le importaba mucho, más bien, la disfrutaba; y así fue, hasta que a lo lejos empezó a dibujarse una silueta familiar, que además emitió un grito agudo:
-¡Thabei! ¡La sesión va a comenzar, es importante, apresúrate!-
-¿Tu empeño en convertirme no morirá nunca? Renhet, sabes que odio esas misas, en especial al molesto Utsen que nos tocó soportar -
-Vamos Thabei, no es tan malo, solo quiere lo mejor para nosotros, y es muy dedicado a su trabajo, Kaldum es... ¡Un ejemplo a seguir!
-Está bien, está bien... voy, no hace falta que me empujes-
La discusión así continuó, mientras Thabei era halado por un brazo, casi contra su voluntad, hacia la catedral del pueblo, el edificio más alto con diferencia, y con un gran escudo en su punto más alto, en un sitio donde pudiera verse con total claridad desde cualquier parte del pueblo e incluso fuera de este, se distinguían en el emblema una maza inclinada con una especie de ala emplumada en el fondo. A Thabei no le gustaba la religión, mucho menos aquellos fervientes creyentes, él creía que eran simples ciegos con escasa ambición y con aún más escaso sentido de la valentía o de justicia.
Para él nunca había sido complicado discutir, su carácter de fuego siempre salía a relucir con facilidad, necesitaba poco combustible para encender, y solo un poco más para explotar, pero estas discusiones con Renhet no duraban demasiado, no podía pensar en estar molesto al verla, la única cosa además del sol y la arena que él adoraba de ese pueblo, a esa niña, o mujer, dependiendo de si analizabas mente y cuerpo por separado, su cabello, tan negro como el de él, y sus ojos, azules como el cielo, con una piel quemada por el sol, de la cual se podía ver el tono blanco que podría recuperar si pasase más tiempo a la sombra, en definitiva, era como tener al cielo, al sol y a la arena todo junto en una persona, una perfecta e insuperable persona, al menos para Thabei. El chico no podía evitar recordar cómo conoció a Renhet siempre que la encontraba por casualidad, caminando por el pueblo buscando a quiénes ayudar o dar ánimos con sus cálidas palabras y energía positiva, aunque la mayoría de los encuentros fueran premeditados por él; el día de su fortuito tropiezo era uno de los pocos en que nubes se mostraron en el cielo de Villmark, oscureciendo el pueblo, y enfriando así los techos y las pieles de sus habitantes. Todos agradecían esos días, excepto Thabei, él adoraba el sol, nadie podía entender cómo era posible que pasase tanto tiempo lejos de una sombra o choza, o incluso que se quedara sentado por horas en un techo intentando ver por sobre los muros, sin necesidad de tomar una sola gota de agua, que no era muy abundante en esas tierras, pero a pesar de todo eso, lo hipnotizaban las nubes, aunque escondieran su preciada luz, le apasionaba ver cosas nuevas y poco comunes, y justamente por eso siempre había tenido aquella punzada en el alma que le pedía a gritos que se asomara, que investigara qué clase de maravillas o terrores realmente se podían encontrar allá afuera.
-¿Fue ya hace tantos soles rojos? Me voy a poner viejo sin darme cuenta, qué rápido pasa el tiempo- Pensaba Thabei, a él (ni a nadie en casi todo Villmark) nunca le habían importado mucho los aniversarios de ninguna clase, nadie tenía tiempo libre ahí, demasiado trabajo por la supervivencia de los pueblerinos como para poder pensar en algo además de qué se comería el siguiente ciclo solar. En la memoria del chico, todo era vívido, cada árbol, cada piedra, cada montículo de arena, todo se veía a la perfección como un retrato que no perdía fulgor con el pasar de los años, recordaba cada minúsculo detalle, como lo emocionado que estaba al correr tras el grupo de recolectores de hierbas y los cazadores, armados con esas lanzas negras talladas a mano, y sus trajes oscuros perfectos para camuflarse entre la maleza, que se acercaban a la gran puerta corrediza de madera en la entrada del pueblucho, lo fría que estaba la arena y lo fuerte que golpeaba gracias al viento que la arrojaba sin piedad hacia todas direcciones, ese día parecía más que cualquier otro, que por fin se vería lluvia en Villmark, nadie había visto agua caer del cielo en esa zona hacía ya varias generaciones, era casi una bendición poder presenciar tal cosa, ni los ancianos más veteranos del pueblo sabían cómo explicarle a los jóvenes cómo se desenlazaba, sucedía y se sentía la lluvia, y eso que Thabei les preguntó a todos, sin piedad, hasta el cansancio. Todos en el pueblo querían que sus hijos tuvieran la fortuna de poder contarle a sus nietos y amigos en el futuro, aquel día en que calló lluvia sobre el pueblo del desierto del sol rojo. La expectativa de Thabei no cabía en su pequeño cuerpo, con su espalda apoyada en el portón, viendo la gran calle principal que atravesaba el pueblo en una línea casi recta de caminos de piedra en mosaico, y ahí fue entonces que la vio por primera vez, todos los niños y niñas del pueblo salieron de sus refugios a ver el cielo grisáceo y amenazante, entre ellos, esa niña de ojos azules. Thabei vio en esos ojos el cielo que había perdido ese día, fueron como un pasaje a través de toda la negrura y la oscuridad en el firmamento, quedó impresionado, y perdido... para cuando recobró la conciencia la niña lo estaba viendo fijamente, con una sonrisa encantadora, entonces inició una caminata lenta pero segura y decidida hacia él, cosa que lo volvió presa del pánico, él no hablaba con nadie ahí, les desagradaban, no sabía cómo reaccionar ante un sentimiento nuevo como el que esa mirada penetrante le produjo por primera vez en toda su vida, solo pudo incorporarse en sus dos piernas rápidamente, y quedó tieso. La voz de la pequeña chica lo sacó de su trance, lo despojó de sus nervios, por alguna razón, escucharla le dio paz, aunque no entendió nada y esto causó unas cuantas repeticiones con actitud confusa y altanera por parte de la chiquilla, hasta que por fin Thabei pudo comprender lo que le decía -Oye ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? No te ves bien, pareces triste... ¡No lo estés! Parece que va a llover ¿Me estás escuchando? No me gusta que me ignoren, estás empezando a preocuparme, qué molesto es tu silencio-
Esa niña no se callaba, pero a Thabei no podía importarle menos, no quería hablar solo para que ella siguiera con sus rápidos y entusiastas comentarios, a todo lo que escuchó solo pudo responder -Te escucho, te escucho, es solo qué ¿De dónde saliste? Nunca te había visto- La niña inclinó hacia un lado su cabeza y replicó -Yo tampoco te había visto antes, tienes razón ¡Y eso que Villmark es muy pequeño!- Thabei seguía sin poder concentrarse, y de repente el temor de que ella perdiese interés en la conversación cruzó su mente, así que solo intentó hablar, sin pensar muy bien sus palabras.
T -¿Eres de por aquí?-
-¿Fue ya hace tantos soles rojos? Me voy a poner viejo sin darme cuenta, qué rápido pasa el tiempo- Pensaba Thabei, a él (ni a nadie en casi todo Villmark) nunca le habían importado mucho los aniversarios de ninguna clase, nadie tenía tiempo libre ahí, demasiado trabajo por la supervivencia de los pueblerinos como para poder pensar en algo además de qué se comería el siguiente ciclo solar. En la memoria del chico, todo era vívido, cada árbol, cada piedra, cada montículo de arena, todo se veía a la perfección como un retrato que no perdía fulgor con el pasar de los años, recordaba cada minúsculo detalle, como lo emocionado que estaba al correr tras el grupo de recolectores de hierbas y los cazadores, armados con esas lanzas negras talladas a mano, y sus trajes oscuros perfectos para camuflarse entre la maleza, que se acercaban a la gran puerta corrediza de madera en la entrada del pueblucho, lo fría que estaba la arena y lo fuerte que golpeaba gracias al viento que la arrojaba sin piedad hacia todas direcciones, ese día parecía más que cualquier otro, que por fin se vería lluvia en Villmark, nadie había visto agua caer del cielo en esa zona hacía ya varias generaciones, era casi una bendición poder presenciar tal cosa, ni los ancianos más veteranos del pueblo sabían cómo explicarle a los jóvenes cómo se desenlazaba, sucedía y se sentía la lluvia, y eso que Thabei les preguntó a todos, sin piedad, hasta el cansancio. Todos en el pueblo querían que sus hijos tuvieran la fortuna de poder contarle a sus nietos y amigos en el futuro, aquel día en que calló lluvia sobre el pueblo del desierto del sol rojo. La expectativa de Thabei no cabía en su pequeño cuerpo, con su espalda apoyada en el portón, viendo la gran calle principal que atravesaba el pueblo en una línea casi recta de caminos de piedra en mosaico, y ahí fue entonces que la vio por primera vez, todos los niños y niñas del pueblo salieron de sus refugios a ver el cielo grisáceo y amenazante, entre ellos, esa niña de ojos azules. Thabei vio en esos ojos el cielo que había perdido ese día, fueron como un pasaje a través de toda la negrura y la oscuridad en el firmamento, quedó impresionado, y perdido... para cuando recobró la conciencia la niña lo estaba viendo fijamente, con una sonrisa encantadora, entonces inició una caminata lenta pero segura y decidida hacia él, cosa que lo volvió presa del pánico, él no hablaba con nadie ahí, les desagradaban, no sabía cómo reaccionar ante un sentimiento nuevo como el que esa mirada penetrante le produjo por primera vez en toda su vida, solo pudo incorporarse en sus dos piernas rápidamente, y quedó tieso. La voz de la pequeña chica lo sacó de su trance, lo despojó de sus nervios, por alguna razón, escucharla le dio paz, aunque no entendió nada y esto causó unas cuantas repeticiones con actitud confusa y altanera por parte de la chiquilla, hasta que por fin Thabei pudo comprender lo que le decía -Oye ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? No te ves bien, pareces triste... ¡No lo estés! Parece que va a llover ¿Me estás escuchando? No me gusta que me ignoren, estás empezando a preocuparme, qué molesto es tu silencio-
Esa niña no se callaba, pero a Thabei no podía importarle menos, no quería hablar solo para que ella siguiera con sus rápidos y entusiastas comentarios, a todo lo que escuchó solo pudo responder -Te escucho, te escucho, es solo qué ¿De dónde saliste? Nunca te había visto- La niña inclinó hacia un lado su cabeza y replicó -Yo tampoco te había visto antes, tienes razón ¡Y eso que Villmark es muy pequeño!- Thabei seguía sin poder concentrarse, y de repente el temor de que ella perdiese interés en la conversación cruzó su mente, así que solo intentó hablar, sin pensar muy bien sus palabras.
T -¿Eres de por aquí?-
Chica -¿De dónde más sería? ¡Nadie entra ni sale! ¿Acaso eres tonto?-
Los comentarios carentes de cautela por parte de la niña lo dejaban frío.
T - ...No, nadie sale ni entra, es cierto, es aburrido. ¿De dónde saliste?- Volvió a insistir en su pregunta.
Chica -De ninguna parte ¡Eres muy raro! Siempre he estado aquí, no salgo mucho, no sé dónde están mis padres, el Rha me ayuda desde que se fueron, me dijo que no han podido encontrar toda la comida que deberían haber traído, pero eso fue hace muchos días ¡Aunque me dijo que no me preocupara! Ellos son fuertes- Thabei ya había escuchado sobre cazadores perdidos o asesinados por bestias, Odebor no tenía mucho tacto con su hijo, no quería que fuera débil, aunque tenía la firme creencia de que el calor y la arena forjan hombres duros como las piedras de los muros, no quería arriesgarse a perderlo por el miedo en una situación difícil. Thabei no quiso decir nada, enmudeció luego de escuchar lo de sus padres, suponía ya su destino.
T - ¿Cómo te llamas? - Dijo, sin poder ocultar esa cara de curiosidad nerviosa e inquieta.
Chica - ¡Hasta que preguntaste! Me llamo Renhet, ni más, ni menos - La altanería era algo que caracterizaba a Thabei, pero ver a una niña con tal actitud lo dejaba estupefacto, lo nuevo le encantaba y algo como esto era sin duda alguna un acontecimiento en extremo extraño.
T - Soy Thabei... - a lo que ella lo interrumpió - No te lo pregunté - seguido de una risa burlona, juguetona, con pocos rasgos ofensivos, él solo prosiguió con una sonrisa - Soy el hijo del Rha, no le gusta que lo llamen por su nombre ¿Sabes cuál es? -
La conversación siguió a los alrededores del enorme portón, y luego de muchas carcajadas y juegos algo violentos, como los que todo niño tiene a esa edad, el cielo se despejó y el sol volvió a aparecer, ya poniéndose tras los muros, la sombra que proyectaban era siempre imponente, podría decirse que majestuosa, o terrorífica, por lo menos para quienes conocen la historia que los antecede.
Ese recuerdo nunca desaparecería, el día que casi llueve, pero que no lo hizo, el día que las nubes fueron un presagio, pero no de la bendición de la lluvia, sino de la de Renhet. Al acercarse a la catedral, Thabei salió de su trance, se podía ver el gran portón, era quizá la única cosa en toda la aldea hecha con algo además de madera y piedra, algún tipo de acero conformaba las bisagras, y uno que otro clavo gastado se asomaba entre el cuerpo de las puertas, abiertas de par en par, para los feligreses que se acercaban impacientes a escuchar el monólogo diario, tan inspirador como siempre; entre la multitud, era fácil distinguir a Thabei y a Renhet, sobresalían, no tenían rasgos característicos de esa zona, los ojos amarillos del chico y los de la chica resaltaban con facilidad entre las pieles oscuras que se camuflaban, de vez en cuando, con los árboles sin hojas de maderas secas y oscurecidas, y así mismo los divisó un hombre escuálido, de brazos largos que alcanzaban sus rodillas, un barba en forma puntiaguda, como de chivo, enrollada sobre sí misma por ser tan nerviosamente peinada, la figura se encontraba en un balcón de la catedral, justo sobre las puertas, estaba envuelta en una túnica larga, poco práctica para el calor del desierto; las miradas entre esta flaca figura y Renhet se encontraron inevitablemente, la forma en que los ojos de ella brillaban al ver a Kaldum enfurecían con locura a Thabei, pero no podía hacer nada al respecto, excepto pensar que era pura admiración lo que alumbraba su mirada.
Los comentarios carentes de cautela por parte de la niña lo dejaban frío.
T - ...No, nadie sale ni entra, es cierto, es aburrido. ¿De dónde saliste?- Volvió a insistir en su pregunta.
Chica -De ninguna parte ¡Eres muy raro! Siempre he estado aquí, no salgo mucho, no sé dónde están mis padres, el Rha me ayuda desde que se fueron, me dijo que no han podido encontrar toda la comida que deberían haber traído, pero eso fue hace muchos días ¡Aunque me dijo que no me preocupara! Ellos son fuertes- Thabei ya había escuchado sobre cazadores perdidos o asesinados por bestias, Odebor no tenía mucho tacto con su hijo, no quería que fuera débil, aunque tenía la firme creencia de que el calor y la arena forjan hombres duros como las piedras de los muros, no quería arriesgarse a perderlo por el miedo en una situación difícil. Thabei no quiso decir nada, enmudeció luego de escuchar lo de sus padres, suponía ya su destino.
T - ¿Cómo te llamas? - Dijo, sin poder ocultar esa cara de curiosidad nerviosa e inquieta.
Chica - ¡Hasta que preguntaste! Me llamo Renhet, ni más, ni menos - La altanería era algo que caracterizaba a Thabei, pero ver a una niña con tal actitud lo dejaba estupefacto, lo nuevo le encantaba y algo como esto era sin duda alguna un acontecimiento en extremo extraño.
T - Soy Thabei... - a lo que ella lo interrumpió - No te lo pregunté - seguido de una risa burlona, juguetona, con pocos rasgos ofensivos, él solo prosiguió con una sonrisa - Soy el hijo del Rha, no le gusta que lo llamen por su nombre ¿Sabes cuál es? -
La conversación siguió a los alrededores del enorme portón, y luego de muchas carcajadas y juegos algo violentos, como los que todo niño tiene a esa edad, el cielo se despejó y el sol volvió a aparecer, ya poniéndose tras los muros, la sombra que proyectaban era siempre imponente, podría decirse que majestuosa, o terrorífica, por lo menos para quienes conocen la historia que los antecede.
Ese recuerdo nunca desaparecería, el día que casi llueve, pero que no lo hizo, el día que las nubes fueron un presagio, pero no de la bendición de la lluvia, sino de la de Renhet. Al acercarse a la catedral, Thabei salió de su trance, se podía ver el gran portón, era quizá la única cosa en toda la aldea hecha con algo además de madera y piedra, algún tipo de acero conformaba las bisagras, y uno que otro clavo gastado se asomaba entre el cuerpo de las puertas, abiertas de par en par, para los feligreses que se acercaban impacientes a escuchar el monólogo diario, tan inspirador como siempre; entre la multitud, era fácil distinguir a Thabei y a Renhet, sobresalían, no tenían rasgos característicos de esa zona, los ojos amarillos del chico y los de la chica resaltaban con facilidad entre las pieles oscuras que se camuflaban, de vez en cuando, con los árboles sin hojas de maderas secas y oscurecidas, y así mismo los divisó un hombre escuálido, de brazos largos que alcanzaban sus rodillas, un barba en forma puntiaguda, como de chivo, enrollada sobre sí misma por ser tan nerviosamente peinada, la figura se encontraba en un balcón de la catedral, justo sobre las puertas, estaba envuelta en una túnica larga, poco práctica para el calor del desierto; las miradas entre esta flaca figura y Renhet se encontraron inevitablemente, la forma en que los ojos de ella brillaban al ver a Kaldum enfurecían con locura a Thabei, pero no podía hacer nada al respecto, excepto pensar que era pura admiración lo que alumbraba su mirada.
Mientras pasaban el umbral, se podían ver esos viejos vitrales de colores que servían de ventanas, ventanas en más de un sentido, eran un pasaje al pasado, a historias ya perdidas, a lugares remotos, paisajes que han cambiado con el pasar de los siglos, corroídos, figuras enormes poco definidas, solo quedan... pues las alas, alas que rodean y cobijan ¿O quizá recelan? esas piedras que sirven de sillas para quienes aún buscan en las viejas historias algún consuelo para sus desdichadas vidas carentes de felicidad o sentido.
-¡Entren, oh hijos míos, consigan lugar en el recinto, es el momento más importante y sagrado del día, rendir tributo a los Alados, hoy toca repasar uno de las historias más emblemáticas de los antiguos escritos!- vociferó Kaldum, con aquella emblemática sonrisa de oreja a oreja que lo caracterizaba, nadie nunca lo había visto con una cara larga o desanimada, siempre con la frente en alto, y con la voz más alta aún.
-En definitiva, lo detesto ¿Cómo es que puedes hablarle a este tipo sin sentir nauseas, Renhet?- dijo Thabei mientras esbozaba una expresión de completo desagrado, pero su afirmación no tuvo respuesta, Renhet estaba muy atenta a las siguientes palabras de Kaldum como para escuchar cualquier otra cosa, y así, inició el monólogo.
-Oh, hijos míos, hoy vengo a contarles aquella historia, la de nuestros maestros, nuestros amos, los dueños de nuestra existencia, nuestras vidas y nuestras almas, de cómo llegaron a nosotros, de cómo nos rendimos ante su sabiduría y poder, y de cómo ellos nos dieron entonces la bendición divina de ser sus seguidores en vida, para algún día alcanzarlos en la muerte, porque volverán, oh si volverán, volverán con sus alas de fuego sobre nosotros, portando sus negras armaduras, para llevarse a los verdaderos fieles, a su fortaleza, esté donde esté, para seguir sirviéndoles por toda la eternidad, bajo su completa protección y guía. Nosotros, nosotros somos efímeros sirvientes para los alados, somos su medio de dispersión por este plano temporal, que muy importante es, con seguridad os lo digo, pues lo que aquí hagamos allá nos será retribuido, y en lo que acá fallemos, acá entonces nos dejarán anclados esos actos. La historia inicia entonces...- Kaldum continuó con sus habladurías que poco le importaban a Thabei, ya había escuchado esas patrañas antes, llena de huecos argumentales, falta de información y de contexto, todo eso podía resumirse en "Los alados llegaron volando con sus imponentes y enormes alas de fuego, descendiendo del mismísimo sol, para purgar al mundo del mal y de los infieles al poder de su sabiduría y magia, con el fin de construir un mundo hecho solo para los aptos y los dignos" Esa frase siempre había sido mierda para él, y no podía olerle peor la boca a Kaldum por esa misma razón.
-Esto se tiene que terminar, esta gente puede ser ignorante o crédula, pero no por ello merecen un trato tan despreciable como el que todos tenemos aquí, estoy harto de los famélicos y los deshidratados, esos desgraciados nos dejaron aquí, sin permiso a salir, en mitad de un desierto, no hay amor en ninguno de esos actos, no hay ni un vestigio de voluntad de salvación, no debe haber ciudad más desdichada que Villmark entre sus ciudadelas...- Pensaba Thabei, en lo que volvió a centrar su atención al aburrido monólogo.
-...Entonces los Alados nos dejaron en estas fortalezas, para protegernos de las bestias y los peligros de afuera, del mundo que vinieron a purificar, dejándonos a la espera de su regreso, obviamente el tributo que pagamos es necesario ¿Cómo harían nuestros señores en combatir el mal sin nuestra ayuda? ¿Cómo podrían querer combatir el mal sin ciervos a los que proteger o salvar en el proceso? Su lucha carecería de objetivo, pero no confundan su nobleza con debilidad, su mano es del acero más duro, así como sus huesos, nada más duro hay en todo Anemawr, si fallamos en nuestros deberes seremos castigados, de la manera más brutal y cruel, como debe castigarse al mal que va en contra del bien más lógico y sagrado, como lo es la voluntad de la Orden Alada-
Thabei ardía con esa última frase, una palabra como "lógico" no podía ser usada por tal Utsen a la ligera, un hombre alejado de toda razón, cegado por su fe, manchaba lo que esa palabra significaba para él, una de esas pocas palabras que realmente consideraba "sagradas". Fue entonces cuando esa idea que llevaba días rondando se plantó por completo en su psique, se volteó directamente hacia Renhet, la tomó por los hombros y le dijo, con sus amarillos ojos clavados en los suyos -Renhet... ¡Voy a salir! ¡LOS VOY A ENCONTRAR!- Palabras tabúes en ese pueblo, que marcaron inmediatamente la cara de ella, pero que por suerte nadie más alcanzó a escuchar entre tantos gritos y la euforia causada por Kaldum.
NOTA: Me quedó corto por ser la primera, no sacaré una diaria, espero que no se ilusionen con eso, pero creo que la trabajé bien esta vez, e hice un buen gancho al final para que sigan leyendo, denme sus críticas, se les quiere, espero que disfruten este viaje, si deciden hacerlo conmigo, porque inicia hoy mismo, con este primer, pero gran paso.
EXCELENTE. Me encanta el hecho de que no sentí que fue para nada forzado y fue mejor de lo que esperaba (aunque no esperaba nada) CHEERS!
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