domingo, 15 de mayo de 2016

Al día siguiente, cuando el sol empezaba a asomarse entre las dunas que rodeaban a Villmark, ya se encontraban trabajando los ancianos y los niños para preparar la ofrenda correspondiente a ese ciclo solar.

-Arasel, cariño... No lo encuentro, no está dentro de Villmark. Lo he buscado toda la noche y desde la maldita madrugada.- Dijo Odebor a su mujer mientras se tumbaba bruscamente en una silla de madera dentro de su casa, ubicado al lado de una mesa con solo tres patas para sostenerse. Arasel era una mujer muy alta, no más que su Rha, pero definitivamente mucho más que las demás mujeres en el pueblo. Algunos creían que ninguna otra habría podido con el carácter y la contextura de Odebor, pero todas las demás mujeres la envidiaban un poco exactamente por eso. Su cabello era pardo y a veces parecía mezclarse con su piel castaña, que bajo el sol era tan roja como el ladrillo. -Mi Rha, debemos encontrarlo, a como de lugar, manda ahora mismo a un grupo de...-

-¡¿Crees que no lo he pensado ya?!- Dijo en tono desesperado a Arasel, quien lo veía con lágrimas que caían por sus mejillas, pero sin fruncir jamás su ceño. Su expresión no se doblegaba, pero su corazón sí lo hacía, el goteo en su barbilla daba fe de eso. Ella no dijo nada, solo vio a Odebor fijamente luego de ser interrumpida, y este prosiguió. -Lo lamento, Arasel, estoy asustado... Nuestro único hijo está perdido, y no puedo ir a buscarlo, si alguien se entera de que no está cundirá el pánico. Y si llego a encontrarlo todos aquí pedirán justicia ¡Malditos dioses sin rostro, regrésenme a mi hijo!- Ella era la única persona en el mundo que alguna vez escuchó a Odebor pronunciar esas palabras, "Estoy asustado" solo ante ella él era capaz de dejar de lado su título, sus costumbres y su ego. Arasel sabía bien cómo se sentía, su amor de madre era demasiado fuerte, y su voluntad lo era casi tanto como eso. Aquella voluntad había sido heredada por Thabei, y ella estaba segura de eso. Ella estaba al tanto de que su hijo era capaz de cometer terribles locuras por arrebatos de ira, y si él no estaba en el pueblo, era muy probable que alguien estuviese involucrado en el asunto. -Odebor...- Le dijo con una voz muy dulce y angelical, como casi siempre que ella hablaba con su esposo o su hijo. -Si Thabei se fue, alguien debe saberlo... Nuestro hijo es muy fuerte, lo educaste bien- A lo que fue interrumpida nuevamente -No lo suficientemente bien... Ese idiota ¿Dónde podrá estar?- La cara del Rha seguía inundada de preocupación y tristeza, pero sabía bastante bien que su esposa tenía toda la razón, alguien debía saber esto. Thabei nunca se callaba la boca. Alguien debía haberlo visto o escuchado antes de desaparecer. -Querida, solo sabemos que no está aquí. No podemos asegurar que salió por su propia cuenta, pero tampoco podemos descartarlo. No le digas a nadie, tengo una idea de quién podría saber algo acerca de este asunto.- Arasel lo vio, y vio el fuego en sus ojos. Los mismos ojos que tenía su hijo. La misma determinación implacable de los hombres del desierto. La voluntad imparable de su Rha brillaba como no lo había hecho en muchísimos años. Entonces el Rha de Villmark se levantó de su silla, abrió la puerta de su choza de un empujón y la cerró, azotándola. Arasel imaginó a dónde iría, pero no quiso preguntarle nada.

El desierto no parecía el mismo, los ciudadanos se estaban dando cuenta de ello. No había gritos problemáticos, cosas cayéndose al suelo o pueblerinos persiguiendo al hijo del Rha. Nadie estaba seguro, pero muchos comenzaban a presentir su ausencia. Odebor sabía que el tiempo era algo que no podía darse el lujo de perder. -Esa niñata debe saber algo, por mis ancestros... si ella tiene algo que ver...- Pensaba el padre de Thabei mientras se dirigía a la casa de la hermosa Renhet, con paso firme, y sin ningún tipo de gracia en su semblante. Pero entonces un temor invadió su mente - Kaldum... Thabei, te voy a partir unas cuantas costillas si te metiste en problemas intencionalmente. Ese Utsen nunca me ha dado un buen presentimiento, pero siempre ha hecho su trabajo de una forma excelsa.- Odebor era un hombre inteligente, muy paciente y con una gran visión de las cosas. Hizo muy bien al pensar en que algo que tuviese que ver con desapariciones o castigos de los Alados proviniese del encargado de tales menesteres. Siempre intentaba no dar pasos apresurados ante situaciones complejas. Solía tomarse mucho tiempo para pensar antes de tomar acciones decisivas, pero obviamente al ser él el líder de una tribu, no siempre tenía tiempo de sobra para pensar. Se estaba preparando mentalmente para tomar decisiones difíciles en el futuro cercano.

Cruzó todo el pueblo. Cuando por fin llegó a la solitaria choza de Renhet, tocó la puerta con gran intensidad, sin gritos, solo golpes contundentes. La fachada de ese lugar se veía muy ordenada y limpia, como podría esperarse de la vivienda de una chica tan amable y cálida. Claro está, dentro de lo que cabe decir "ordenado" para una casa hecha con piedras, barro maloliente y algunas tablas de madera. Ningún ruido salió de esa choza, y Odebor se molestaba cada vez más y más. La diferencia entre él y su joven hijo era que sus emociones no dictaban sus acciones, y cuando esto había pasado en otras ocasiones, ya no quedaban muchas alternativas. Odebor miró a su alrededor. En su camino a la choza algunos pueblerinos le preguntaron si había algún problema, preguntas que eludió hábilmente, pero no por esto distrajo de sus dudas a sus subordinados. Le dio la espalda a la entrada y se apoyó contra esta, viendo que nadie se percatase de sus intenciones, utilizó su enorme cuerpo para tumbar la puerta. En Villmark solían cerrar las entradas con algunos clavos, pero como en la mayoría de los casos atravesar la roca con ellos era en extremo difícil, preferían colocar cosas del otro lado que impidiesen abrirlas. En este caso había una silla con el espaldar apoyado contra la puerta, haciendo equilibrio. La silla se quebró como un palillo gracias al peso y la fuerza que le aplicó Odebor a la tabla que bloqueaba su paso. La contextura del Rha de Villmark era de temer. No era el líder por nada. Su preparación antes de empujar su entrada a la casa evitaron que cayese contra el suelo al ceder la silla.

Odebor apartó la tabla y los pedazos de silla destrozada hacia un lado de una patada suave. Nadie estaba en la sala de esa choza. -Una casa tan grande para una sola persona... En verdad debe extrañar a sus padres- Pensó inevitablemente. Siempre se había sentido responsable por la muerte de esos cazadores, y por eso la cuidaba como si de otra hija se tratase, pero nunca dejándola apegarse a él. Su forma de mantenerse informado sobre su estado siempre había sido Thabei, le fue bastante conveniente que su hijo pasara tanto tiempo con aquella niña, y ya se imaginaba la razón de tanto tiempo juntos. Fue entonces cuando algo llamó su atención. Dos platos llenos de comida sin terminar. Alguien estaba dentro de esa casa, y no estaba solo. ¿Sería quizá Thabei? Él era capaz de jugar bromas de ese calibre, aunque nunca lo hubiese hecho antes.

Comenzó a subir por las escaleras de piedra, con su mano derecha apoyada en la pared, y con la otra formando un macizo puño, dispuesto a plantarse en la quijada de alguien si alguna de sus teorías era correcta. Una vez arriba, en el ático de esa casa, comenzó a escuchar un ruido que no lograba identificar, periódico y húmedo. Se encontraba en un pasillo, el cual terminaría en una salida hacia la parte superior de esa choza, donde solían guardar armas y ropa, en alguno que otro caso, también muebles. Mientras más se acercaba al final del corredor, más fuerte era el sonido, ahora venía acompañado de un leve... Odebor lo habría tachado de gimoteo, pero realmente no estaba seguro, dudaba de sus oídos y de su edad sobre ellos. Colocó primero una mano sobre el pórtico que marcaba el final del pasillo, y luego asomó su cabeza lentamente. Realmente prefirió no haber visto lo que vio. -Joder con ustedes dos, escuchen la puerta cuando su Rha los esté visitando- Sus palabras produjeron un alboroto frente a él. Ropas empezaron a volar y las sábanas de lo que parecía ser una cama muy vieja y polvorienta dejaron de moverse, para pasar a servir de cobertura para Renhet y su acompañante.

-No me hagáis esperar, tengo cosas que preguntaros a ambos- Dijo el Rha con un tono muy, muy amenazante. Renhet y su acompañante lo notaron de inmediato. -Y por el amor a los días lluviosos, tápate, Kaldum, en serio que esa túnica no fue la mejor de las elecciones como ropa para laborar.- En efecto Odebor no sabía nada hasta ese momento sobre la relación que mantenían Kaldum y Renhet. Las palabras de aquel Utsen siempre habían sido dulces como la miel, y Renhet fue presa fácil para él, aunque no podría decirse que sus intenciones eran malas con aquella chica.

-En realidad esta ha sido una serie de eventos bastante desafortunados...- Se dijo Kaldum en susurros. Odebor vio sus labios moverse, pero decidió esperar al interrogatorio para despejar sus dudas. El Rha esperó a que la mujer y el Utsen se vistieran para iniciar su cuestionario, tenía muchas dudas y estaba bastante seguro de que alguno de ellos sabría algo. Las miradas cabizbajas de la niña y la aparente y desinteresada postura del Utsen eran en definitiva señales de que algo no estaba bien en esa habitación. La tensión se sentía hasta en las manos de Odebor, un puño cerrado con una firme mano que lo envolvía, parecía ser que con furia.

Kaldum mantenía la compostura. Estar sentado en esa cama no evitaba que su espalda y hombros se mantuviesen firmes ante su Rha, quien había tomado una silla y se sentó en ella luego de colocarla frente a él y a Renhet. La posición de Odebor era realmente amenazante. Kaldum esperaba con impaciencia las preguntas de su señor.

-Muy bien. Suficiente preparación- Dijo Odebor, quien estaba sentado inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en sus piernas y las manos entrelazadas tapando gran parte de su rostro. Su mirada estaba algo divagante. -Seré directo, Thabei está desaparecido- Kaldum no pudo evitar sonreír. Su rostro se transformó completamente, y Odebor lo notó. Por otro lado,Renhet quedó fulminada. Su cuerpo estaba estático y de sus ojos brotaron lágrimas. -Quiero que ambos me digan si saben algo al respecto, es un ciudadano desaparecido, si alguno miente o no habla, será severamente castigado- Renhet salió de su momentáneo trance de tristeza, pero Kaldum no perdió su sonrisa. -Mi señor ¿Está usted seguro que no se encuentra escondido en algún lugar? Siempre hace eso cuando le toca trabajar- La mirada del Rha dejó de revolotear por el cuarto, y se centró en los ojos del Utsen. Kaldum perdió su sonrisa y tragó saliva nerviosamente. -Mi hijo...- (Hizo énfasis en esa parte) - Está desaparecido, no está dentro del pueblo, no te atrevas a hacerme perder el tiempo con algo tan urgente. ¿Sabes o no algo sobre Thabei?- Renhet seguía sin poder decir algo, su mente estaba aturdida y sus pensamientos solo la angustiaban aún más. -... Eh, mi señor, yo vi a su hijo la noche pasada- La mirada de Odebor no se despegaba de Kaldum, cosa que lo estaba empezando a desconcentrar. -¿Y qué estaba haciendo mi hijo en ese momento? Kaldum-

-Siendo sincero, solo lo vi caminar por la calle principal, portaba unas lanzas, así que imaginé que se las llevaría a algunos cazadores o se encontraba haciendo algún recaudo- Kaldum ya estaba sudando, quería salir tan pronto como pudiese de ese cuarto. Odebor era muy grande y alto, podría decirse que era un gigante entre los hombres, le llevaba más del doble de masa a Kaldum (Cosa que realmente no era muy difícil). Pero en ese momento, incluso sentado, se veía realmente como un aterrador titán. Odebor no confiaba en las palabras de Kaldum, pero algo iba a tener que creer si esperaba conseguir a su hijo. -Kaldum... Mis guardias me contaron que les encomendaste una tarea a mitad de la noche, dejándo sin ningún vigilante a la entrada principal, aunque fue solo por unos minutos... ¿No te parece algo bastante peculiar? Que mi hijo desaparezca y justamente es esa noche en que requieres de la ayuda de dos guardas-

-Mi señor, la pasada noche creí haber escuchado a unas bestias del otro lado del muro, no podría dormir sin antes asegurarme de que estábamos realmente a salvo. Nunca se sabe qué clase de horrores puedan rondar en las afueras de Villmark- Kaldum sabía que la desinformación estaba a su favor, y había planeado ya muchas respuestas para las preguntas que logró formular prediciendo esta situación con anterioridad. Los ojos de Odebor pasaron a Renhet. -Niña... - La chiquilla dio un brinco -Es tu turno.- Renhet no sabía qué decir, y Kaldum parecía verla de reojo, como si mantuviese una especie de conversación psíquica con ella. -Odeb...- El Rha soltó un bramido, evitando lo que iba a ser un fuerte castigo si ella completaba ese nombre - Rha... Thabei me dijo que planeaba salir durante la ceremonia del pasado mediodía - Odebor le creyó -Entiendo que no me hayas notificado. Yo le habría partido una pierna de ser necesario para que no saliese. Se toma muy en serio sus afirmaciones. En todo caso, tengo cosas que hacer al respecto, no tienen permitido contar nada sobre este interrogatorio, no quiero pánico en Villmark, hasta que no sepa qué ocurrió, nadie dirá nada ¿Entendido?- Esa última palabra la dijo mientras se levantaba de su asiento. Con un brazo estirado podría haber llegado a tocar el techo de la choza. Hazaña que ni Renhet ni Kaldum podría hacer jamás por su cuenta. El Rha no esperaba sacar nada útil de Kaldum, sentía que algo tendría que ver, pero no podía dar crédito a su intuición, y la falta de pruebas dictaba que la paciencia era su única opción, por el momento.

Odebor salió de la casa con rumbo desconocido. Kaldum mientras tanto pensaba en lo agudo que resultó ser el carácter del Rha y en lo complicada que iba a tornarse su vida si la hermosa Renhet hablaba. El cuarto volvía a estar solo, pero la atmósfera se había transformado, y Renhet lloraba desconsoladamente a un costado de la cama. El Utsen acarició sus mejillas con sus huesudas manos, secó sus lágrimas, y la vio fijamente. -Querida niña, Thabei escogió su destino. Ese chico podría condenarnos a todos, no derrames lágrimas por un hereje, ahórralas para el castigo que quizá nos apliquen por su imprudencia.- Kaldum estaba convencido de que dejar fuera de Villmark a Thabei tendría muchas consecuencias, esperaba impaciente y con gran terror un puño férreo, una horda de terroríficas pesadillas que azotarían el pueblo dentro de poco, solo que no encontraba forma para darle a dichos monstruos o desgracias. Renhet no sintió calma con esas palabras, solo aún más culpa. -Pero Utsen... yo le conté. ¡Yo se lo dije a usted! ¡Le conté que quería salir, que quizá lo haría esa misma noche! ¡Le pedí su ayuda y en respuesta no salvó a Thabei! No pudo salvarlo...- Kaldum frunció el ceño, algo que nadie había visto antes. -Renhet (esta vez no la llamó niña) cuida tus palabras. Yo intercedo ante los Alados, yo soy el camino a ellos; yo soy tu guía hacia la salvación. No puedo obligar a nadie a aceptar el camino de nuestros amos y señores, solo puedo ofrecérselos, y ellos deciden si se condenan o no. Thabei quiso salir, y así lo hizo. Lo que le queda es esperar a que alguno de los sin rostro se lo lleve- Concluyó abrazando fuertemente a Renhet, cosa que le trajo algo de consuelo. Kaldum era más alto que ella y la envolvió fácil entre sus delgados y largos brazos. Pero el consuelo de la chica se vio interrumpido por otras palabras del Utsen. -Y niña... no le vayas a decir a nadie que me comentaste sobre las intenciones de Thabei. A nadie.- Haciendo pausas muy marcadas entre esas últimas.

El resto de la madrugada y gran parte de la tarde, Odebor se dedicó a juntar tanta información como pudo a lo largo de Villmark evitando en la medida de lo posible las preguntas indiscretas, aunque en esas circunstancias cualquier pregunta que incluyese a Thabei lo sería. Por otro lado, Kaldum dio sus respectivos sermones diarios y Renhet se mantuvo callada y ensombrecida por el resto del día, su pesar era muy grande, y nada lograba distraerla. Los nervios de todos iban subiendo gradualmente, y tanto a Kaldum como al Rha se les estaba acabando el tiempo de paz y tranquilidad que mantuvieron durante tantos años hasta entonces.

Mientras tanto, en alguna parte del Desierto Rojo bastante lejos del poblado, el cuerpo de Thabei se encontraba inmóvil sobre las dunas al rededor del oasis. Cualquiera podría creer que cocinar a una bestia sobre esa arena habría sido tarea fácil. El sol se encargaba de mantener la superficie a una temperatura poco amigable para los seres dependientes del agua. Pero Thabei respiraba. Y no solo eso, los fuertes vientos del desierto habían arropado al joven con unos pocos montículos de arena, nada muy útil para sobrevivir a tal calor, pero de una u otra forma, no lo había matado.

Entre algunos tosidos, y mucha, mucha arena exhalada, Thabei abrió los ojos, pero sin poder ver nada. Lo último que recordaba eran aquellas sombras vibrantes a su alrededor antes de desmayarse. La imagen de una hoguera destelló en su mente, y un dolor agudo apuñaló un costado de su cuello, a su derecha, más precisamente. Quiso llevarse sus manos a la herida, y se dio cuenta de que seguían atadas. Sentía el calor en su rosto y en su ropa harapienta y ensangrentada. Thabei no podía pensar con claridad, el dolor en su cuello lo llevó de inmediato al recuerdo de su odio hacia Kaldum, antes intentaba no maldecirlo solo por Renhet, pero eso ya no volvería a pasar. En realidad estaba considerando matar a ese Utsen. -Joder, es como tener tela incrustada en mis ojos, apenas veo sombras. El cielo debería quemar mis ojos y puedo abrirlos totalmente viendo el sol directamente- Cosa que dejó de hacer apenas recordó que eso podría no doler, pero sí lastimarlo.

El chico sentía un dolor que crecía latente en su nueva y permanente marca. En cierto momento se intensificó de manera muy brusca y Thabei comenzó a rodar en el suelo, mientras gritaba e intentaba inútilmente alcanzar su herida con sus manos atadas. Intentaba pensar pero el dolor se le estaba haciendo insoportable. Thabei creyó que empezaba a delirar, pues a través del velo blanco que cubría sus ojos empezó a ver una sombra, algo que parecía subir y bajar frente a su rostro, dibujándole una silueta alargada y con una forma triangular muy extraña. Inmediatamente luego de esto, Thabei sintió que empezaba a perder la consciencia. El chico intentaba luchar con tudas sus fuerzas por no volver a caer dormido, no sabía qué podría encontrarlo indefenso en medio de la nada en ese desierto, alguna bestia hambrienta quizá...

En uno de los retorcijones se acercó demasiado al pozo en medio del oasis y cayó en él. Apenas sintió el agua tocar su cara comprendió su situación. Su cordura se fue en picada y entró en un estado iracundo. Comenzó a patalear mientras se hundía, y a soltar entre gritos ahogados cantidades importantes de oxígeno. Entre algunos gritos entró agua por su boca. Thabei se rehusaba a morir, pero lo veía inevitable, no sabía cuánto se estaba hundiendo, pero no creía que fuese profundo, cosa que lo molestaba aún más. Era un destino muy decepcionante para alguien como él. Entonces empezó a sentir frío, y nuevamente, sus ojos opacados no lograban percibir nada excepto la luz titilante entre las aguas del pozo que caía desde la superficie. Comenzó a sentir frío, le heló los huesos. Era raro que con el sol en lo más alto del cielo ese lago pudiese sentirse tan álgido tan de repente. Su lucha terminó con su conciencia, en ese momento algo lo calentó, y en sus moribundas visiones logró pensar - Había escuchado que el abrazo de la muerte era terriblemente frío, pero nadie nunca me había contado de lo cálido que se podía sentir... Quizá nadie ha vivido luego de llegar a esta parte del recorrido... Le voy a patear el culo a los sin rostro...- No dejó de pensar en que no quería morir ahí, no se lo iba a perdonar a sí mismo, pero eran solo pensamientos, no podía moverse, solo sentía más y más calor. Y así se mantuvo hasta que unas ganas muy intensas de vomitar lo invadieron. Su abdomen se contrajo y sus pulmones ardieron mientras sentía pasar por su garganta todo lo que no había comido en esa semana. Y con casi su bilis fuera de su cuerpo aquello blanco en sus ojos se disipó. Sin darse cuenta había terminado fuera del pozo. Thabei en ese momento podía pensar en solo dos cosas mientras se arrastraba boca abajo en la arena mojada, lo mucho que dolía vomitar con tal intensidad tanta agua ingerida y que estaba vivo. El desierto aún no se lo iba a llevar.

sábado, 9 de abril de 2016

Renhet quedó completamente pálida, inmóvil como una tabla, viendo a los ojos amarillos y encendidos de Thabei. Él por su parte no podía pensar en nada excepto en la furia que sentía ante las palabras del Utsen y sus desordenadas ideas. Kaldum seguía gritando a todo pulmón sus historias, haciendo su trabajo como nadie jamás en ese pueblo lo había hecho, lo hacía muy bien, tan bien que Thabei no podía ignorarlo, cosa que lo hizo voltear y clavar sus amarillos iris en su consumida figura, definitivamente ese atuendo tan exagerado y reservado no era bueno para la salud física... y viendo su comportamiento, probablemente tampoco para la mental.

Las subsecuentes miradas entre la chica y él no vacilaron, como viéndose las almas. Ella quiso decir algo, lo que fuese, soltar alguna frase o palabra que plantara alguna duda en Thabei, que lo hiciera reflexionar. Temía por su vida, por la de todos, pero por sobre todas esas cosas, no quería perder a Thabei. No pudo evitar recordar todas las veces en que él asumió la culpa de aquellos accidentes ocasionados por ser ella una niña tan revoltosa y altanera, todas las veces que la defendió de aquellos niños que se burlaban de ella porque sus padres nunca regresaron, aquella vez que mientras perseguía a un pequeño gato para acariciarlo, este terminó sintiéndose acorralado y la atacó. Los únicos rasguños se los llevó Thabei. Ella nunca supo cómo cuidarse sola, pero él jamás dudó de sus capacidades. Siempre le repitió que debía tener más cuidado, que debía valerse por sí misma. Renhet no tuvo  la voluntad suficiente como para emitir palabra, la furia de él nadie la podría apagar, lo movía la desesperación, la rabia y la angustia. Todos esos sentimientos de una vida de trabajo forzado y de ver a sus vecinos y conocidos sufrir, él saldría, y nadie iba a pararlo. Fue entonces cuando Thabei acercó sus labios a la oreja de Renhet y, al ver su mirada tan inquieta, le susurró -El desierto es implacable porque en él viven hombres y mujeres implacables...-

-No me digas eso ahora, Thabei... No uses esa memoria para distraerme, si te vas... eres un idiota- Dijo Renhet mientras sus ojos azules empezaban a aguarse. Sentía impotencia, quería gritar, pero si lo hacía, Thabei podría ser acusado de herejía, de una u otra forma, no podía decir nada que lo detuviese, al menos no en ese momento. Él solo empezó a caminar fuera de la iglesia, sin prestar atención a lo que la mujer que él adoraba pudiese pensar. Su camino a casa no llegó nunca a ser una reflexión, todo lo que sucedió fue una sobrealimentación de sentimientos. Saludó a los ancianos y a los niños con la mejor tranquilidad que pudo fingir. Todos ellos trabajando la arena, pocas cosas crecían ahí, algunas verduras como las "lenguas de dragón", verdura que solo crecía en el Desierto Rojo, o como las flores de arena, cuyo néctar usaban para beber cuando no había suficiente agua.

Thabei entró a su choza, examinó con cuidado su alrededor en busca de algún posible contratiempo para su plan. La casa estaba sola. Estaban él, los jarrones y las lanzas negras. Nunca había sentido el olor nauseabundo del lodo tan fuerte como en ese momento. Thabei ardía en odio, tomó un jarrón por el mango y lo lanzó contra el suelo, explotando en cientos de pedazos que se regaron por el mismo. Estaba pensando en lo que podría hacer para escapar, realmente el plan no era muy complicado, solo debía escabullirse durante la noche y salir sin ser visto por los dos únicos hombres en la puerta. A pesar de ser los más fieles a Odebor, su padre, ninguno era muy perspicaz, Thabei sabía que fácilmente podría pasar sin ser visto. Esos guardias no estaban ahí para evitar que alguien saliese, solo para evitar que algo indeseable entrase, pues nadie en su sano juicio querría salir de la ciudad, teniendo un destino tan nefasto asegurado.

Cuando el sol empezó a esconderse, el plan se puso en marcha. Primero que todo, Thabei necesitaba una distracción para que los guardias de su padre se alejaran de la puerta al menos unos segundos, abrirla no sería muy complicado, pero esa parte del plan no había sido pensada a profundidad, vería cómo abrir la puerta luego de deshacerse de los guardias, Llevó consigo un par de lanzas, y un jarrón, no sería raro para nadie verlo caminar con aquellas cosas a cuestas, principalmente porque como hijo del Rha en ocasiones tenía el deber de llevar las armas a los cazadores. Una vez que tomó todo lo necesario, salió de su choza y emprendió el camino por la gran calle principal de piedra en dirección a la puerta del pueblo, casi nadie estaba fuera de sus casas en la noche, normalmente hacía demasiado frío como para soportarlo con ropas tan finas como las de los hombres del Desierto Rojo.

El cielo en ese desierto era muy extraño, y esa noche no era negro, ni estrellado, estaba verde, como el verde del moho ennegrecido por el tiempo bajo un árbol viejo. Thabei conocía las leyendas del desierto, recordaba bien aquella que hablaba de los colores del cielo. Los dioses del desierto no se parecen a ningún otro, son egoístas y no velan por las vidas de ningún ser humano, pintan el cielo y la tierra a su antojo, o eso decía su padre. La tierra era fértil muy de vez en cuando, así como las lluvias escaseaban y el cielo no mostraba nubes para alejar el calor, todo esto eran los caprichos de los dioses, y sus incomprensibles deseos viéndose reflejados en desgracia o gozo colateral de los habitantes del desierto. En respuesta a tal desinterés, los hombres del desierto jamás dieron nombre o cara a aquellos seres, nunca los esculpieron, nunca los pintaron, querían dejarlos en el olvido. Algunos creían que esto era contraproducente, que solo traía más ira y desgracias.

El cielo terminó de transformarse en una cortina de moho del bosque, mientras Thabei caminaba, enfrascado en sus recuerdos, como siempre era un vicio para él recordar esas cosas que lo hacían feliz. Esta vez revivía aquel día en que aprendió el lema de los hombres del desierto, o mejor dicho, del desierto en sí. Fue un día en que unos cazadores no llegaron, habían tardado medio día adicional de lo que solían durar fuera del pueblo, y el Rha, Odebor, estaba preocupado, tomó unas lanzas y decidió salir a explorar en conjunto con sus mejores hombres, un puñado de jóvenes con poco bello facial, y caras muy asustadas. Thabei los vio salir del pueblo, vio abrirse las puertas, y pudo ver el otro lado, fue la primera vez que logró observar algo del exterior, y no debía tener más de seis soles rojos en sus hombros. Vio muy a lo lejos, en el horizonte del desierto, algo verde, figuras verdes, flacas y altas, más tarde sabría que eran árboles del bosque de los And, aunque nunca había visto un árbol cualquiera antes, los primeros que vio eran del tipo más impresionante que un hombre podría encontrarse en toda su vida.

El chico le pidió a su padre salir con él, para ayudarlo, para protegerlo de las bestias. Quizá el Rha de Villmark nunca había puesto una cara de mayor orgullo que ese día, pero se negó, su hijo era muy pequeño, y su vida demasiado importante como para desperdiciarla en las fauces de algún carnívoro rabioso. Thabei vio partir a su padre, con el cielo convirtiéndose en una cortina de moho verdoso... aquella noche no durmió. Su madre no lo dejó salir de la choza a esperar a que la patrulla de hombres volviese pidiendo abrir la puerta, así que se quedó viendo desde la ventana. Podía ver la entrada fácilmente, pues su casa estaba al otro extremo de la ciudad y la calle principal, la cual no tenía ninguna vivienda en ella, seguía recto hasta la enorme puerta del pueblo. En su vigilia nocturna, pudo ver a una pequeña niña parada frente a la entrada, viendo fijamente la misma, sin moverse, no lo sabía, pero sintió que lloraba, sintió su tristeza desde tan lejos. Luego de distraerse un momento, volvió la mirada y la pequeña se había ido, este incidente fue algo que olvidó rápidamente, su preocupación tampoco lo dejaba pensar demasiado.

Al día siguiente todos despertaron con gritos, Thabei brincó de su cama, corrió fuera de su choza y miró desde su puerta hacia la entrada. Los hombres abriendo el portón frenéticamente, empujándolo hacia un lado para dar paso a la patrulla. El enorme pedazo de madera mientras se movía empezó a revelar a Odebor, y a los dos chicos, con sus ropas rotas y un número menor de lanzas del que tenían al partir. Los dos chicos cargaban entre ambos un gran cuerpo cuadrúpedo y peludo, sin cabeza, que debía pesar mucho más que ellos dos juntos y que además mostraba enterrados en lo que parecían ser su lomo y pecho las lanzas que faltaban en las manos de los andrajosos cazadores. En las manos del Rha se encontraba una enorme bola de pelos. Thabei corrió hacia la entrada, ignorando por completo las órdenes de su madre que le gritaba que esperase a que su padre volviese a la casa. Al acercarse con suficiencia quedó atónito, lo que su padre cargaba halado por sus propios cabellos era la cabeza de una bestia enorme, cada diente que se asomaba del hocico de la criatura se veía del tamaño de una mano del pequeño Thabei, y sus ojos eran tan negros como las lanzas clavadas en su cuerpo. Él no supo qué decir, sentía miedo, pero a la vez, una gran excitación. Más allá del muro habían cosas increíbles, pero también aterradoras.

Odebor alzó la cabeza ensangrentada y negra de aquella bestia, mostrándosela a los pueblerinos, y dijo con un tono muy firme -!Esta bestia es la responsable de que nuestros cazadores no volviesen a tiempo! Fue esta hembra, proveniente del bosque de los And, es probable que haya más, en adelante, doblaremos el número de hombres que irán a las rondas de caza, y evitaremos las zonas de caza de estos monstruos- Thabei se impresionó ¿A caso su padre se estaba acobardando? ¿Por qué no querría pelear? Y el niño, sin pensarlo dos veces, pasó a hacer tal pregunta imprudente en voz alta -Padre ¿Por qué no pelearás con ellos? ¿Te asustan?- Los habitantes comenzaron a susurrar, indignados. El Rha volteó a ver a su hijo y le respondió con la misma firmeza de sus palabras iniciales, pero con una mirada comprensiva -No hay forma buena de terminar un enfrentamiento contra una bestia que no razona, estos animales no tienen ningún motivo para molestarnos si nosotros no los molestamos a ellos, además, mantienen alejadas a cosas mucho más peligrosas, exterminarlos sería contraproducente y muchísimo más trabajoso que dejarlos vivir en paz, hijo mío- Odebor hizo una pausa y continuó, dirigiéndose al pueblo -Los cazadores que perdimos hoy... Debemos recordarlos, perecieron haciendo el bien para el pueblo, buscando lo que comeríamos, y defendiéndonos, esta bestia será banquete para rezar por sus almas, que los dioses del desierto nunca lleguen a ellos... ¡¿Qué decimos en Villmark?!- A lo que el pueblo respondió con todas sus fuerzas, tanto hombres, como mujeres y niños - EL DESIERTO ES IMPLACABLE PORQUE EN ÉL VIVEN HOMBRES Y MUJERES IMPLACABLES - Thabei vio entre los vitoreos de la muchedumbre a la pequeña figura femenina de la noche anterior, con lágrimas en sus mejillas, muchísimas, sollozando sin cesar, las manos tapaban su cara, así que no pudo verla; días más adelante casi llueve en Villmark, y conoció a dicha niña.

El ensimismado Thabei volvió a la realidad cuando notó algo extraño en la puerta del pueblo, los guardias no estaban. Dobló hacia un callejón para que no fuese visto por algún fisgón que no pudiese ver, y empezó a acercarse más y más, utilizando las chozas y la oscuridad de esa verde noche como escondite. Algo le estaba produciendo un terrible sentimiento de ansiedad. Ese era su pueblo, él era hijo del Rha, pero sabía muy bien lo que conllevaba intentar salir. Las historias decían, según Kaldum, que salir era considerado el peor acto que un habitante podía cometer. Eso sin duda desataría la furia de Los Alados, y podría ocasionar la destrucción del pueblo. Todos sabían eso, por esa mismísima razón, si lo atrapaban, era muy probable que su castigo fuese bastante severo, aunque no estaba seguro de en qué grado se cumpliría eso -Los Alados no existen, no los vemos hace más de 300 años, a ninguno en este pueblo le consta su presencia, si me voy no lastimarán a nadie... espero.- Se decía para calmarse, mientras se acercaba más y más a la puerta entre los callejones oscuros. El viento golpeaba fuerte, y estaba helado, le daba escalofrías a Thabei. Los silbidos que los ventarrones generaban entre las chozas no lo ayudaban a calmarse. -Este es un muy mal momento para que el desierto comience a cantar, realmente un mal momento...-


Observó unos minutos la entrada, para ver si alguien o algo se movía. Era imposible que su padre lo hubiese visto salir de la choza, pues estaba de ronda con otros hombres para preparar la comida del día siguiente, y cuidar la carne. Su madre estaba ocupada con las mujeres del pueblo en menesteres parecidos. Thabei utilizó todo el valor que estuvo acumulando mientras vigilaba sus alrededores para dar un paso adelante, como no había nadie, mover la puerta sería un trabajo fácil. Caminó hacia la gran tabla de madera hecha con troncos amarrados con colas de dragón, apoyó sus manos sobre un costado de la puerta y cuando estuvo a punto de usar su peso para moverla, escuchó algún objeto frágil romperse, luego sintió algo caliente en su nuca, y cayó inmóvil al suelo.

Lo despertó el frío, algo helado corría por su cuello, y bajaba su espalda, se dio cuenta que tenía la boca llena de arena, trató de deshacerse de ella escupiéndola, pero no logró mucho. Estaba de bruces en el suelo, quiso levantarse pero no pudo quitar sus manos de su espalda, sus muñecas estaban juntas y algo apretado las mantenía así. Le dolía la cabeza y no podía ver bien, suponía que recivió un golpe y que este lo dejó confundido. Todo estaba a oscuras, el cielo seguía verdoso y negro. -Esta mierda está muy apretada... No recuerdo bien qué pasó, tengo que pararme e irme rápido- Pensaba, pero su diálogo interno fue interrumpido por una voz familiar, una que Thabei reconoció inmediatamente.

-Chico, este acontecimiento es realmente desafortunado ¿No crees? Realmente no podría decir que es decepcionante, jamás esperé nada de usted, pero definitivamente esto me tomó por sorpresa ¿Salir a hurtadillas para condenarnos a todo? Definitivamente tú egoísmo y estupidez llegan más lejos de lo que yo creía- Dijo con una voz llena de satisfacción, Thabei no podía verle la cara, pero sabía muy bien la expresión de felicidad que debía tener, aquella chiva encrespada, esas cejas largas y finas seguramente fruncidas, los brazos largos y flacos temblando de emoción. Thabei hizo caso omiso de su situación, ignorando la posibilidad de atraer más la atención, y gritó, o lo intentó, pues no pudo despegar la cara de la arena, tenía un pie apoyado sobre su cabeza, apretándola contra el suelo. -Kaldum... te juro que te voy a matar cuando me logre levantar... Te voy a...- Se interrumpió con un gemido de dolor, pues el pie apretó más fuerte su cara contra el suelo. Kaldum prosiguió luego de evitar la interrupción -¿Sabes lo que se le hace a los herejes? Oh, estoy seguro de que lo sabes-

Thabei no sabía dónde estaba, pero no podía ver la entrada del pueblo por ninguna parte. Parecía estar en un lugar lejano, aunque la arena en su cara no le permitía asegurarse de nada de lo que creía poder ver. Parecía haber sido apartado del pueblo. Sintió un olor extraño y húmedo, y el frío de la noche seguía dándole esporádicos escalofríos. El pie que oprimía su cabeza contra el suelo se separó de él, permitiéndole moverse un poco. Entonces el chico aprovechó para ponerse panza arriba, y pudo ver el cielo, tan verde como cuando salió del pueblo, justo como el día que su padre fue a buscar a la bestia y casi no logra sobrevivir... El mal presagio ya se había cumplido. Por fin pudo ver la cara de Kaldum, y había adivinado a la perfección la expresión que aquel hombre esbozaba. Divisó que se encontraban en una especie de oasis, y logró percibir entre las dunas unos árboles impresionantes e imponentes, gigantescos, parecía que el verdor del cielo se generaba por sus copas undiéndose en él y entintándolo.

Cuando su vista empezó a mejorar y dejó ver solo algunas sombras, vio una fogata. Comenzó a sentir miedo, y Kaldum estaba al tanto de eso. -Muchacho, tu castigo fue decidido hace mucho tiempo por la Orden Alada- El Utsen tomó un momento, lanzó unos cuantos balbuceos religiosos y rezó en voz alta, mientras sacaba de la llameante fogata una vara de hierro. -Los Alados vinieron a nosotros para salvarnos, y tú, hereje, decidiste condenarnos a todos nosotros, por tu egoismo, soberbia y estupidez, gracias al poder que me confiere ser el mensajero de nuestros amos, te condeno a llevar la marca de nuestra suprema Orden, para que todos sepan, vayas donde vayas, lo que intentaste hacer-

Thabei forcejeaba tanto como podía, pero la hemorragia de su cabeza lo tenía débil, y las cuerdas, las cuales él suponía que eran colas de dragón eran demasiado duras. Su desesperación crecía mientras la marca de los Alados se acercaba al rojo vivo a su cuello, podía sentir el calor, y Kaldum estaba disfrutando hacer esto lentamente. Inevitablemente, el cuello de Thabei fue marcado, un grito ahogado recorrió las dunas del desierto del sol rojo, y una vez más, el chico perdió el conocimiento. Sus últimos pensamientos fueron imaginarse aquella figura simétrica en su cuello, que iba a cambiar su vida de ahora en adelante, para siempre. Su familia se encontraba en su corazón, justo al lado de Renhet. Nada de esto le produjo lágrimas, solo una ira descomunal, que se desataría cuando despertase nuevamente, si es que lo hacía.

miércoles, 10 de febrero de 2016

- ¿Qué sería de este pueblo si esta gente fuese más curiosa? - Se decía en susurros un joven alto, de cabello negro, como el carbón, o como las sillas, mesas y lanzas que se encontraban dentro de lo que parecía ser esa casa hecha de piedras pegadas con un barro fétido, sentado frente a un hoyo en la pared  y rodeado por jarras y vasijas, que por su olor debían tener algo que ver con el lodo en las paredes.

- Estaríamos todos muertos, y tú no estarías hablando, ni holgazaneando como siempre lo haces, mueve tu culo fuera de esta casa y haz algo por la comunidad, que bien dices que el sol y la arena nunca te han molestado, el hijo de una figura de autoridad y respeto no puede andar como un mimado por estas calles, me he cansado ya de decírtelo, Thabei - Dijo una voz gruesa y ronca desde uno de los pasillos de aquella casa, haciendo temblar al chico y caer de la silla en la que reposaba.

-Tienes que dejar de asustarme así, Odebor, tu oído no decae con los años, algo que no se puede decir de tu barriga, si no fuese por la falta de licor en este terreno olvidado, por cual sea ser divino quieras nombrar, diría que has estado tomando a escondidas de mamá- Luego de un receso tras esa réplica, un grito hizo temblar las jarras que rodeaban a Thabei.  -¡Te he dicho cientos de veces que no me llames por mi nombre! O te refieres a mí con respeto como Rha, o me llamas padre. Ahora sal antes de que yo te saque de la choza, tus ofensas espero que nunca lleguen a oídos de nuestros compañeros- La orden fue acatada de inmediato, Thabei se levantó y salió del recinto, y comenzó a caminar sobre las calles y caminos de piedra, buscando oficio, tal cual le ordenó su padre.

Ese pueblo... siempre le había dado algo de asco a Thabei, el sol en su cara al caminar y la arena dentro de su calzado eran quizá las únicas dos cosas que realmente le gustaban, que disfrutaba de su vida ahí, donde se consideraba atrapado y aislado de todo; los recuerdos que le traían alguna sonrisa espontánea eran pocos, desde su niñez había visto con desagrado esas paredes tan altas, esa piedra resquebrajada que le impedía ver el horizonte, que lo elevaba todo tanto, y lo dejaba a él tan por debajo de aquello que estaba a la expectativa, justo del otro lado, más allá de esa prisión gris y gigante. Fantasear siempre había sido el pasatiempo favorito de Thabei, en esas caminatas largas que nunca terminaban en oficio, si no en siestas a escondidas, trepadas a techos o al mismísimo muro, que no servía ni para montar vigías, pues era muy delgado. Según Thabei, solo cumplía dos funciones, la de no dejar a nadie ver aquello que era mejor, el futuro, su futuro, y la de recordar... no dejarlos olvidar el miedo, su inferioridad ante ellos.

 -Necesito pruebas, las necesito, no he podido dormir bien en días desde que pensé en esto ¿Será cierto? ¿Los Alados estarán vivos? ¿Existirán siquiera? No, obviamente existen ¿O sería mejor decir que existieron? eso es innegable, nadie puede ser tan estúpido como para encerrarse en una ciudad y pagar tributos absurdos que nos obligan a pasar hambre o sed solo por una vaga fantasía o leyenda, nadie ¿O sí?-

Todas estas dudas se acumulaban en su cabeza, mientras andaba entre las pequeñas calles de ese pueblo lleno de otras chozas de piedra untada en barro, justo como la suya, entre caminos hechos con baldosas de piedra, entre las cuales la arena corría con el viento, golpeando y carcomiendo con el paso de los años las rocas que conformaban todas las viejas edificaciones a su alrededor. Thabei caminó hasta el muro más cercano, el límite de Villmark, nadie salía o entraba sin permiso del Rha, y empezó a caminar con su mano apoyada a la pared, sin despegarla en ningún momento, la roca calentada por el sol implacable quemaba un poco su palma, cosa que no le importaba mucho, más bien, la disfrutaba; y así fue, hasta que a lo lejos empezó a dibujarse una silueta familiar, que además emitió un grito agudo:

 -¡Thabei! ¡La sesión va a comenzar, es importante, apresúrate!-
-¿Tu empeño en convertirme no morirá nunca? Renhet, sabes que odio esas misas, en especial al molesto Utsen que nos tocó soportar -
-Vamos Thabei, no es tan malo, solo quiere lo mejor para nosotros, y es muy dedicado a su trabajo, Kaldum es... ¡Un ejemplo a seguir!
-Está bien, está bien... voy, no hace falta que me empujes-

La discusión así continuó, mientras Thabei era halado por un brazo, casi contra su voluntad, hacia la catedral del pueblo, el edificio más alto con diferencia, y con un gran escudo en su punto más alto, en un sitio donde pudiera verse con total claridad desde cualquier parte del pueblo e incluso fuera de este, se distinguían en el emblema una maza inclinada con una especie de ala emplumada en el fondo. A Thabei no le gustaba la religión, mucho menos aquellos fervientes creyentes, él creía que eran simples ciegos con escasa ambición y con aún más escaso sentido de la valentía o de justicia. 

Para él nunca había sido complicado discutir, su carácter de fuego siempre salía a relucir con facilidad, necesitaba poco combustible para encender, y solo un poco más para explotar, pero estas discusiones con Renhet no duraban demasiado, no podía pensar en estar molesto al verla, la única cosa además del sol y la arena que él adoraba de ese pueblo, a esa niña, o mujer, dependiendo de si analizabas mente y cuerpo por separado, su cabello, tan negro como el de él, y sus ojos, azules como el cielo, con una piel quemada por el sol, de la cual se podía ver el tono blanco que podría recuperar si pasase más tiempo a la sombra, en definitiva, era como tener al cielo, al sol y a la arena todo junto en una persona, una perfecta e insuperable persona, al menos para Thabei. El chico no podía evitar recordar cómo conoció a Renhet siempre que la encontraba por casualidad, caminando por el pueblo buscando a quiénes ayudar o dar ánimos con sus cálidas palabras y energía positiva, aunque la mayoría de los encuentros fueran premeditados por él; el día de su fortuito tropiezo era uno de los pocos en que nubes se mostraron en el cielo de Villmark, oscureciendo el pueblo, y enfriando así los techos y las pieles de sus habitantes. Todos agradecían esos días, excepto Thabei, él adoraba el sol, nadie podía entender cómo era posible que pasase tanto tiempo lejos de una sombra o choza, o incluso que se quedara sentado por horas en un techo intentando ver por sobre los muros, sin necesidad de tomar una sola gota de agua, que no era muy abundante en esas tierras, pero a pesar de todo eso, lo hipnotizaban las nubes, aunque escondieran su preciada luz, le apasionaba ver cosas nuevas y poco comunes, y justamente por eso siempre había tenido aquella punzada en el alma que le pedía a gritos que se asomara, que investigara qué clase de maravillas o terrores realmente se podían encontrar allá afuera.

-¿Fue ya hace tantos soles rojos? Me voy a poner viejo sin darme cuenta, qué rápido pasa el tiempo- Pensaba Thabei, a él (ni a nadie en casi todo Villmark) nunca le habían importado mucho los aniversarios de ninguna clase, nadie tenía tiempo libre ahí, demasiado trabajo por la supervivencia de los pueblerinos como para poder pensar en algo además de qué se comería el siguiente ciclo solar. En la memoria del chico, todo era vívido, cada árbol, cada piedra, cada montículo de arena, todo se veía a la perfección como un retrato que no perdía fulgor con el pasar de los años, recordaba cada minúsculo detalle, como lo emocionado que estaba al correr tras el grupo de recolectores de hierbas y los cazadores, armados con esas lanzas negras talladas a mano, y sus trajes oscuros perfectos para camuflarse entre la maleza, que se acercaban a la gran puerta corrediza de madera en la entrada del pueblucho, lo fría que estaba la arena y lo fuerte que golpeaba gracias al viento que la arrojaba sin piedad hacia todas direcciones, ese día parecía más que cualquier otro, que por fin se vería lluvia en Villmark, nadie había visto agua caer del cielo en esa zona hacía ya varias generaciones, era casi una bendición poder presenciar tal cosa, ni los ancianos más veteranos del pueblo sabían cómo explicarle a los jóvenes cómo se desenlazaba, sucedía y se sentía la lluvia, y eso que Thabei les preguntó a todos, sin piedad, hasta el cansancio. Todos en el pueblo querían que sus hijos tuvieran la fortuna de poder contarle a sus nietos y amigos en el futuro, aquel día en que calló lluvia sobre el pueblo del desierto del sol rojo. La expectativa de Thabei no cabía en su pequeño cuerpo, con su espalda apoyada en el portón, viendo la gran calle principal que atravesaba el pueblo en una línea casi recta de caminos de piedra en mosaico, y ahí fue entonces que la vio por primera vez, todos los niños y niñas del pueblo salieron de sus refugios a ver el cielo grisáceo y amenazante, entre ellos, esa niña de ojos azules. Thabei vio en esos ojos el cielo que había perdido ese día, fueron como un pasaje a través de toda la negrura y la oscuridad en el firmamento, quedó impresionado, y perdido... para cuando recobró la conciencia la niña lo estaba viendo fijamente, con una sonrisa encantadora, entonces inició una caminata lenta pero segura y decidida hacia él, cosa que lo volvió presa del pánico, él no hablaba con nadie ahí, les desagradaban, no sabía cómo reaccionar ante un sentimiento nuevo como el que esa mirada penetrante le produjo por primera vez en toda su vida, solo pudo incorporarse en sus dos piernas rápidamente, y quedó tieso. La voz de la pequeña chica lo sacó de su trance, lo despojó de sus nervios, por alguna razón, escucharla le dio paz, aunque no entendió nada y esto causó unas cuantas repeticiones con actitud confusa y altanera por parte de la chiquilla, hasta que por fin Thabei pudo comprender lo que le decía -Oye ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? No te ves bien, pareces triste... ¡No lo estés! Parece que va a llover ¿Me estás escuchando? No me gusta que me ignoren, estás empezando a preocuparme, qué molesto es tu silencio-

Esa niña no se callaba, pero a Thabei no podía importarle menos, no quería hablar solo para que ella siguiera con sus rápidos y entusiastas comentarios, a todo lo que escuchó solo pudo responder   -Te escucho, te escucho, es solo qué ¿De dónde saliste? Nunca te había visto- La niña inclinó hacia un lado su cabeza y replicó -Yo tampoco te había visto antes, tienes razón ¡Y eso que Villmark es muy pequeño!- Thabei seguía sin poder concentrarse, y de repente el temor de que ella perdiese interés en la conversación cruzó su mente, así que solo intentó hablar, sin pensar muy bien sus palabras.

T  -¿Eres de por aquí?-

Chica -¿De dónde más sería? ¡Nadie entra ni sale! ¿Acaso eres tonto?-

Los comentarios carentes de cautela por parte de la niña lo dejaban frío.

T - ...No, nadie sale ni entra, es cierto, es aburrido. ¿De dónde saliste?- Volvió a insistir en su pregunta.

Chica -De ninguna parte ¡Eres muy raro! Siempre he estado aquí, no salgo mucho, no sé dónde están mis padres, el Rha me ayuda desde que se fueron, me dijo que no han podido encontrar toda la comida que deberían haber traído, pero eso fue hace muchos días ¡Aunque me dijo que no me preocupara! Ellos son fuertes- Thabei ya había escuchado sobre cazadores perdidos o asesinados por bestias, Odebor no tenía mucho tacto con su hijo, no quería que fuera débil, aunque tenía la firme creencia de que el calor y la arena forjan hombres duros como las piedras de los muros, no quería arriesgarse a perderlo por el miedo en una situación difícil. Thabei no quiso decir nada, enmudeció luego de escuchar lo de sus padres, suponía ya su destino.

T - ¿Cómo te llamas? - Dijo, sin poder ocultar esa cara de curiosidad nerviosa e inquieta.

Chica - ¡Hasta que preguntaste! Me llamo Renhet, ni más, ni menos - La altanería era algo que caracterizaba a Thabei, pero ver a una niña con tal actitud lo dejaba estupefacto, lo nuevo le encantaba y algo como esto era sin duda alguna un acontecimiento en extremo extraño.

T - Soy Thabei... - a lo que ella lo interrumpió - No te lo pregunté - seguido de una risa burlona, juguetona, con pocos rasgos ofensivos, él solo prosiguió con una sonrisa - Soy el hijo del Rha, no le gusta que lo llamen por su nombre ¿Sabes cuál es? -

La conversación siguió a los alrededores del enorme portón, y luego de muchas carcajadas y juegos algo violentos, como los que todo niño tiene a esa edad, el cielo se despejó y el sol volvió a aparecer, ya poniéndose tras los muros, la sombra que proyectaban era siempre imponente, podría decirse que majestuosa, o terrorífica, por lo menos para quienes conocen la historia que los antecede.

Ese recuerdo nunca desaparecería, el día que casi llueve, pero que no lo hizo, el día que las nubes fueron un presagio, pero no de la bendición de la lluvia, sino de la de Renhet. Al acercarse a la catedral, Thabei salió de su trance, se podía ver el gran portón, era quizá la única cosa en toda la aldea hecha con algo además de madera y piedra, algún tipo de acero conformaba las bisagras, y uno que otro clavo gastado se asomaba entre el cuerpo de las puertas, abiertas de par en par, para los feligreses que se acercaban impacientes a escuchar el monólogo diario, tan inspirador como siempre; entre la multitud, era fácil distinguir a Thabei y a Renhet, sobresalían, no tenían rasgos característicos de esa zona, los ojos amarillos del chico y los de la chica resaltaban con facilidad entre las pieles oscuras que se camuflaban, de vez en cuando, con los árboles sin hojas de maderas secas y oscurecidas, y así mismo los divisó un hombre escuálido, de brazos largos que alcanzaban sus rodillas, un barba en forma puntiaguda, como de chivo, enrollada sobre sí misma por ser tan nerviosamente peinada, la figura se encontraba en un balcón de la catedral, justo sobre las puertas, estaba envuelta en una túnica larga, poco práctica para el calor del desierto; las miradas entre esta flaca figura y Renhet se encontraron inevitablemente, la forma en que los ojos de ella brillaban al ver a Kaldum enfurecían con locura a Thabei, pero no podía hacer nada al respecto, excepto pensar que era pura admiración lo que alumbraba su mirada. 

Mientras pasaban el umbral, se podían ver esos viejos vitrales de colores que servían de ventanas, ventanas en más de un sentido, eran un pasaje al pasado, a historias ya perdidas, a lugares remotos, paisajes que han cambiado con el pasar de los siglos, corroídos, figuras enormes poco definidas, solo quedan... pues las alas, alas que rodean y cobijan ¿O quizá recelan? esas piedras que sirven de sillas para quienes aún buscan en las viejas historias algún consuelo para sus desdichadas vidas carentes de felicidad o sentido.

-¡Entren, oh hijos míos, consigan lugar en el recinto, es el momento más importante y sagrado del día, rendir tributo a los Alados, hoy toca repasar uno de las historias más emblemáticas de los antiguos escritos!- vociferó Kaldum, con aquella emblemática sonrisa de oreja a oreja que lo caracterizaba, nadie nunca lo había visto con una cara larga o desanimada, siempre con la frente en alto, y con la voz más alta aún.

-En definitiva, lo detesto ¿Cómo es que puedes hablarle a este tipo sin sentir nauseas, Renhet?- dijo Thabei mientras esbozaba una expresión de completo desagrado, pero su afirmación no tuvo respuesta, Renhet estaba muy atenta a las siguientes palabras de Kaldum como para escuchar cualquier otra cosa, y así, inició el monólogo.

-Oh, hijos míos, hoy vengo a contarles aquella historia, la de nuestros maestros, nuestros amos, los dueños de nuestra existencia, nuestras vidas y nuestras almas, de cómo llegaron a nosotros, de cómo nos rendimos ante su sabiduría y poder, y de cómo ellos nos dieron entonces la bendición divina de ser sus seguidores en vida, para algún día alcanzarlos en la muerte, porque volverán, oh si volverán, volverán con sus alas de fuego sobre nosotros, portando sus negras armaduras, para llevarse a los verdaderos fieles, a su fortaleza, esté donde esté, para seguir sirviéndoles por toda la eternidad, bajo su completa protección y guía. Nosotros, nosotros somos efímeros sirvientes para los alados, somos su medio de dispersión por este plano temporal, que muy importante es, con seguridad os lo digo, pues lo que aquí hagamos allá nos será retribuido, y en lo que acá fallemos, acá entonces nos dejarán anclados esos actos. La historia inicia entonces...- Kaldum continuó con sus habladurías que poco le importaban a Thabei, ya había escuchado esas patrañas antes, llena de huecos argumentales, falta de información y de contexto, todo eso podía resumirse en "Los alados llegaron volando con sus imponentes y enormes alas de fuego, descendiendo del mismísimo sol, para purgar al mundo del mal y de los infieles al poder de su sabiduría y magia, con el fin de construir un mundo hecho solo para los aptos y los dignos" Esa frase siempre había sido mierda para él, y no podía olerle peor la boca a Kaldum por esa misma razón.

-Esto se tiene que terminar, esta gente puede ser ignorante o crédula, pero no por ello merecen un trato tan despreciable como el que todos tenemos aquí, estoy harto de los famélicos y los deshidratados, esos desgraciados nos dejaron aquí, sin permiso a salir, en mitad de un desierto, no hay amor en ninguno de esos actos, no hay ni un vestigio de voluntad de salvación, no debe haber ciudad más desdichada que Villmark entre sus ciudadelas...- Pensaba Thabei, en lo que volvió a centrar su atención al aburrido monólogo.

-...Entonces los Alados nos dejaron en estas fortalezas, para protegernos de las bestias y los peligros de afuera, del mundo que vinieron a purificar, dejándonos a la espera de su regreso, obviamente el tributo que pagamos es necesario ¿Cómo harían nuestros señores en combatir el mal sin nuestra ayuda? ¿Cómo podrían querer combatir el mal sin ciervos a los que proteger o salvar en el proceso? Su lucha carecería de objetivo, pero no confundan su nobleza con debilidad, su mano es del acero más duro, así como sus huesos, nada más duro hay en todo Anemawr, si fallamos en nuestros deberes seremos castigados, de la manera más brutal y cruel, como debe castigarse al mal que va en contra del bien más lógico y sagrado, como lo es la voluntad de la Orden Alada-

Thabei ardía con esa última frase, una palabra como "lógico" no podía ser usada por tal Utsen a la ligera, un hombre alejado de toda razón, cegado por su fe, manchaba lo que esa palabra significaba para él, una de esas pocas palabras que realmente consideraba "sagradas". Fue entonces cuando esa idea que llevaba días rondando se plantó por completo en su psique, se volteó directamente hacia Renhet, la tomó por los hombros y le dijo, con sus amarillos ojos clavados en los suyos -Renhet... ¡Voy a salir! ¡LOS VOY A ENCONTRAR!- Palabras tabúes en ese pueblo, que marcaron inmediatamente la cara de ella, pero que por suerte nadie más alcanzó a escuchar entre tantos gritos y la euforia causada por Kaldum.






NOTA: Me quedó corto por ser la primera, no sacaré una diaria, espero que no se ilusionen con eso, pero creo que la trabajé bien esta vez, e hice un buen gancho al final para que sigan leyendo, denme sus críticas, se les quiere, espero que disfruten este viaje, si deciden hacerlo conmigo, porque inicia hoy mismo, con este primer, pero gran paso.

¿De qué va el asunto?

Bueno, supongo que un "Hola, espero que lean esta vaina completa" Sería una buena frase introductoria, lo haré corto y simple, voy a publicar en este sitio entradas consecutivas y espero que frecuentes o cuando menos de forma periódica, sobre una historia que llevo años pensando y que por fin (¿Cuántas veces habré dicho ya esta frase...?) 

"me dignaré a plasmar para empezar a darle forma a ver si la logro terminar, esta vez es esa vez"

Si necesitas algún tipo de introducción para sentirte animado o animada a leer lo que quiero mostrarles, puedo decir que se sitúa, más o menos, en un ambiente medieval y violento, con muchos sitios distintos y más de un personaje y un "enemigo" en la historia, pero para no decir más, si te gusta la fantasía y la ciencia ficción, quizá esta sea tu tipo de historia, espero tener la constancia suficiente como para afrontar los obstáculos temporales que seguro tendré, y que disfruten tanto como yo este blog, saludos.

No duden en comentar (Aunque siempre he creído que comentar un blog es algo que parece ser muy complicado).