sábado, 9 de abril de 2016

Renhet quedó completamente pálida, inmóvil como una tabla, viendo a los ojos amarillos y encendidos de Thabei. Él por su parte no podía pensar en nada excepto en la furia que sentía ante las palabras del Utsen y sus desordenadas ideas. Kaldum seguía gritando a todo pulmón sus historias, haciendo su trabajo como nadie jamás en ese pueblo lo había hecho, lo hacía muy bien, tan bien que Thabei no podía ignorarlo, cosa que lo hizo voltear y clavar sus amarillos iris en su consumida figura, definitivamente ese atuendo tan exagerado y reservado no era bueno para la salud física... y viendo su comportamiento, probablemente tampoco para la mental.

Las subsecuentes miradas entre la chica y él no vacilaron, como viéndose las almas. Ella quiso decir algo, lo que fuese, soltar alguna frase o palabra que plantara alguna duda en Thabei, que lo hiciera reflexionar. Temía por su vida, por la de todos, pero por sobre todas esas cosas, no quería perder a Thabei. No pudo evitar recordar todas las veces en que él asumió la culpa de aquellos accidentes ocasionados por ser ella una niña tan revoltosa y altanera, todas las veces que la defendió de aquellos niños que se burlaban de ella porque sus padres nunca regresaron, aquella vez que mientras perseguía a un pequeño gato para acariciarlo, este terminó sintiéndose acorralado y la atacó. Los únicos rasguños se los llevó Thabei. Ella nunca supo cómo cuidarse sola, pero él jamás dudó de sus capacidades. Siempre le repitió que debía tener más cuidado, que debía valerse por sí misma. Renhet no tuvo  la voluntad suficiente como para emitir palabra, la furia de él nadie la podría apagar, lo movía la desesperación, la rabia y la angustia. Todos esos sentimientos de una vida de trabajo forzado y de ver a sus vecinos y conocidos sufrir, él saldría, y nadie iba a pararlo. Fue entonces cuando Thabei acercó sus labios a la oreja de Renhet y, al ver su mirada tan inquieta, le susurró -El desierto es implacable porque en él viven hombres y mujeres implacables...-

-No me digas eso ahora, Thabei... No uses esa memoria para distraerme, si te vas... eres un idiota- Dijo Renhet mientras sus ojos azules empezaban a aguarse. Sentía impotencia, quería gritar, pero si lo hacía, Thabei podría ser acusado de herejía, de una u otra forma, no podía decir nada que lo detuviese, al menos no en ese momento. Él solo empezó a caminar fuera de la iglesia, sin prestar atención a lo que la mujer que él adoraba pudiese pensar. Su camino a casa no llegó nunca a ser una reflexión, todo lo que sucedió fue una sobrealimentación de sentimientos. Saludó a los ancianos y a los niños con la mejor tranquilidad que pudo fingir. Todos ellos trabajando la arena, pocas cosas crecían ahí, algunas verduras como las "lenguas de dragón", verdura que solo crecía en el Desierto Rojo, o como las flores de arena, cuyo néctar usaban para beber cuando no había suficiente agua.

Thabei entró a su choza, examinó con cuidado su alrededor en busca de algún posible contratiempo para su plan. La casa estaba sola. Estaban él, los jarrones y las lanzas negras. Nunca había sentido el olor nauseabundo del lodo tan fuerte como en ese momento. Thabei ardía en odio, tomó un jarrón por el mango y lo lanzó contra el suelo, explotando en cientos de pedazos que se regaron por el mismo. Estaba pensando en lo que podría hacer para escapar, realmente el plan no era muy complicado, solo debía escabullirse durante la noche y salir sin ser visto por los dos únicos hombres en la puerta. A pesar de ser los más fieles a Odebor, su padre, ninguno era muy perspicaz, Thabei sabía que fácilmente podría pasar sin ser visto. Esos guardias no estaban ahí para evitar que alguien saliese, solo para evitar que algo indeseable entrase, pues nadie en su sano juicio querría salir de la ciudad, teniendo un destino tan nefasto asegurado.

Cuando el sol empezó a esconderse, el plan se puso en marcha. Primero que todo, Thabei necesitaba una distracción para que los guardias de su padre se alejaran de la puerta al menos unos segundos, abrirla no sería muy complicado, pero esa parte del plan no había sido pensada a profundidad, vería cómo abrir la puerta luego de deshacerse de los guardias, Llevó consigo un par de lanzas, y un jarrón, no sería raro para nadie verlo caminar con aquellas cosas a cuestas, principalmente porque como hijo del Rha en ocasiones tenía el deber de llevar las armas a los cazadores. Una vez que tomó todo lo necesario, salió de su choza y emprendió el camino por la gran calle principal de piedra en dirección a la puerta del pueblo, casi nadie estaba fuera de sus casas en la noche, normalmente hacía demasiado frío como para soportarlo con ropas tan finas como las de los hombres del Desierto Rojo.

El cielo en ese desierto era muy extraño, y esa noche no era negro, ni estrellado, estaba verde, como el verde del moho ennegrecido por el tiempo bajo un árbol viejo. Thabei conocía las leyendas del desierto, recordaba bien aquella que hablaba de los colores del cielo. Los dioses del desierto no se parecen a ningún otro, son egoístas y no velan por las vidas de ningún ser humano, pintan el cielo y la tierra a su antojo, o eso decía su padre. La tierra era fértil muy de vez en cuando, así como las lluvias escaseaban y el cielo no mostraba nubes para alejar el calor, todo esto eran los caprichos de los dioses, y sus incomprensibles deseos viéndose reflejados en desgracia o gozo colateral de los habitantes del desierto. En respuesta a tal desinterés, los hombres del desierto jamás dieron nombre o cara a aquellos seres, nunca los esculpieron, nunca los pintaron, querían dejarlos en el olvido. Algunos creían que esto era contraproducente, que solo traía más ira y desgracias.

El cielo terminó de transformarse en una cortina de moho del bosque, mientras Thabei caminaba, enfrascado en sus recuerdos, como siempre era un vicio para él recordar esas cosas que lo hacían feliz. Esta vez revivía aquel día en que aprendió el lema de los hombres del desierto, o mejor dicho, del desierto en sí. Fue un día en que unos cazadores no llegaron, habían tardado medio día adicional de lo que solían durar fuera del pueblo, y el Rha, Odebor, estaba preocupado, tomó unas lanzas y decidió salir a explorar en conjunto con sus mejores hombres, un puñado de jóvenes con poco bello facial, y caras muy asustadas. Thabei los vio salir del pueblo, vio abrirse las puertas, y pudo ver el otro lado, fue la primera vez que logró observar algo del exterior, y no debía tener más de seis soles rojos en sus hombros. Vio muy a lo lejos, en el horizonte del desierto, algo verde, figuras verdes, flacas y altas, más tarde sabría que eran árboles del bosque de los And, aunque nunca había visto un árbol cualquiera antes, los primeros que vio eran del tipo más impresionante que un hombre podría encontrarse en toda su vida.

El chico le pidió a su padre salir con él, para ayudarlo, para protegerlo de las bestias. Quizá el Rha de Villmark nunca había puesto una cara de mayor orgullo que ese día, pero se negó, su hijo era muy pequeño, y su vida demasiado importante como para desperdiciarla en las fauces de algún carnívoro rabioso. Thabei vio partir a su padre, con el cielo convirtiéndose en una cortina de moho verdoso... aquella noche no durmió. Su madre no lo dejó salir de la choza a esperar a que la patrulla de hombres volviese pidiendo abrir la puerta, así que se quedó viendo desde la ventana. Podía ver la entrada fácilmente, pues su casa estaba al otro extremo de la ciudad y la calle principal, la cual no tenía ninguna vivienda en ella, seguía recto hasta la enorme puerta del pueblo. En su vigilia nocturna, pudo ver a una pequeña niña parada frente a la entrada, viendo fijamente la misma, sin moverse, no lo sabía, pero sintió que lloraba, sintió su tristeza desde tan lejos. Luego de distraerse un momento, volvió la mirada y la pequeña se había ido, este incidente fue algo que olvidó rápidamente, su preocupación tampoco lo dejaba pensar demasiado.

Al día siguiente todos despertaron con gritos, Thabei brincó de su cama, corrió fuera de su choza y miró desde su puerta hacia la entrada. Los hombres abriendo el portón frenéticamente, empujándolo hacia un lado para dar paso a la patrulla. El enorme pedazo de madera mientras se movía empezó a revelar a Odebor, y a los dos chicos, con sus ropas rotas y un número menor de lanzas del que tenían al partir. Los dos chicos cargaban entre ambos un gran cuerpo cuadrúpedo y peludo, sin cabeza, que debía pesar mucho más que ellos dos juntos y que además mostraba enterrados en lo que parecían ser su lomo y pecho las lanzas que faltaban en las manos de los andrajosos cazadores. En las manos del Rha se encontraba una enorme bola de pelos. Thabei corrió hacia la entrada, ignorando por completo las órdenes de su madre que le gritaba que esperase a que su padre volviese a la casa. Al acercarse con suficiencia quedó atónito, lo que su padre cargaba halado por sus propios cabellos era la cabeza de una bestia enorme, cada diente que se asomaba del hocico de la criatura se veía del tamaño de una mano del pequeño Thabei, y sus ojos eran tan negros como las lanzas clavadas en su cuerpo. Él no supo qué decir, sentía miedo, pero a la vez, una gran excitación. Más allá del muro habían cosas increíbles, pero también aterradoras.

Odebor alzó la cabeza ensangrentada y negra de aquella bestia, mostrándosela a los pueblerinos, y dijo con un tono muy firme -!Esta bestia es la responsable de que nuestros cazadores no volviesen a tiempo! Fue esta hembra, proveniente del bosque de los And, es probable que haya más, en adelante, doblaremos el número de hombres que irán a las rondas de caza, y evitaremos las zonas de caza de estos monstruos- Thabei se impresionó ¿A caso su padre se estaba acobardando? ¿Por qué no querría pelear? Y el niño, sin pensarlo dos veces, pasó a hacer tal pregunta imprudente en voz alta -Padre ¿Por qué no pelearás con ellos? ¿Te asustan?- Los habitantes comenzaron a susurrar, indignados. El Rha volteó a ver a su hijo y le respondió con la misma firmeza de sus palabras iniciales, pero con una mirada comprensiva -No hay forma buena de terminar un enfrentamiento contra una bestia que no razona, estos animales no tienen ningún motivo para molestarnos si nosotros no los molestamos a ellos, además, mantienen alejadas a cosas mucho más peligrosas, exterminarlos sería contraproducente y muchísimo más trabajoso que dejarlos vivir en paz, hijo mío- Odebor hizo una pausa y continuó, dirigiéndose al pueblo -Los cazadores que perdimos hoy... Debemos recordarlos, perecieron haciendo el bien para el pueblo, buscando lo que comeríamos, y defendiéndonos, esta bestia será banquete para rezar por sus almas, que los dioses del desierto nunca lleguen a ellos... ¡¿Qué decimos en Villmark?!- A lo que el pueblo respondió con todas sus fuerzas, tanto hombres, como mujeres y niños - EL DESIERTO ES IMPLACABLE PORQUE EN ÉL VIVEN HOMBRES Y MUJERES IMPLACABLES - Thabei vio entre los vitoreos de la muchedumbre a la pequeña figura femenina de la noche anterior, con lágrimas en sus mejillas, muchísimas, sollozando sin cesar, las manos tapaban su cara, así que no pudo verla; días más adelante casi llueve en Villmark, y conoció a dicha niña.

El ensimismado Thabei volvió a la realidad cuando notó algo extraño en la puerta del pueblo, los guardias no estaban. Dobló hacia un callejón para que no fuese visto por algún fisgón que no pudiese ver, y empezó a acercarse más y más, utilizando las chozas y la oscuridad de esa verde noche como escondite. Algo le estaba produciendo un terrible sentimiento de ansiedad. Ese era su pueblo, él era hijo del Rha, pero sabía muy bien lo que conllevaba intentar salir. Las historias decían, según Kaldum, que salir era considerado el peor acto que un habitante podía cometer. Eso sin duda desataría la furia de Los Alados, y podría ocasionar la destrucción del pueblo. Todos sabían eso, por esa mismísima razón, si lo atrapaban, era muy probable que su castigo fuese bastante severo, aunque no estaba seguro de en qué grado se cumpliría eso -Los Alados no existen, no los vemos hace más de 300 años, a ninguno en este pueblo le consta su presencia, si me voy no lastimarán a nadie... espero.- Se decía para calmarse, mientras se acercaba más y más a la puerta entre los callejones oscuros. El viento golpeaba fuerte, y estaba helado, le daba escalofrías a Thabei. Los silbidos que los ventarrones generaban entre las chozas no lo ayudaban a calmarse. -Este es un muy mal momento para que el desierto comience a cantar, realmente un mal momento...-


Observó unos minutos la entrada, para ver si alguien o algo se movía. Era imposible que su padre lo hubiese visto salir de la choza, pues estaba de ronda con otros hombres para preparar la comida del día siguiente, y cuidar la carne. Su madre estaba ocupada con las mujeres del pueblo en menesteres parecidos. Thabei utilizó todo el valor que estuvo acumulando mientras vigilaba sus alrededores para dar un paso adelante, como no había nadie, mover la puerta sería un trabajo fácil. Caminó hacia la gran tabla de madera hecha con troncos amarrados con colas de dragón, apoyó sus manos sobre un costado de la puerta y cuando estuvo a punto de usar su peso para moverla, escuchó algún objeto frágil romperse, luego sintió algo caliente en su nuca, y cayó inmóvil al suelo.

Lo despertó el frío, algo helado corría por su cuello, y bajaba su espalda, se dio cuenta que tenía la boca llena de arena, trató de deshacerse de ella escupiéndola, pero no logró mucho. Estaba de bruces en el suelo, quiso levantarse pero no pudo quitar sus manos de su espalda, sus muñecas estaban juntas y algo apretado las mantenía así. Le dolía la cabeza y no podía ver bien, suponía que recivió un golpe y que este lo dejó confundido. Todo estaba a oscuras, el cielo seguía verdoso y negro. -Esta mierda está muy apretada... No recuerdo bien qué pasó, tengo que pararme e irme rápido- Pensaba, pero su diálogo interno fue interrumpido por una voz familiar, una que Thabei reconoció inmediatamente.

-Chico, este acontecimiento es realmente desafortunado ¿No crees? Realmente no podría decir que es decepcionante, jamás esperé nada de usted, pero definitivamente esto me tomó por sorpresa ¿Salir a hurtadillas para condenarnos a todo? Definitivamente tú egoísmo y estupidez llegan más lejos de lo que yo creía- Dijo con una voz llena de satisfacción, Thabei no podía verle la cara, pero sabía muy bien la expresión de felicidad que debía tener, aquella chiva encrespada, esas cejas largas y finas seguramente fruncidas, los brazos largos y flacos temblando de emoción. Thabei hizo caso omiso de su situación, ignorando la posibilidad de atraer más la atención, y gritó, o lo intentó, pues no pudo despegar la cara de la arena, tenía un pie apoyado sobre su cabeza, apretándola contra el suelo. -Kaldum... te juro que te voy a matar cuando me logre levantar... Te voy a...- Se interrumpió con un gemido de dolor, pues el pie apretó más fuerte su cara contra el suelo. Kaldum prosiguió luego de evitar la interrupción -¿Sabes lo que se le hace a los herejes? Oh, estoy seguro de que lo sabes-

Thabei no sabía dónde estaba, pero no podía ver la entrada del pueblo por ninguna parte. Parecía estar en un lugar lejano, aunque la arena en su cara no le permitía asegurarse de nada de lo que creía poder ver. Parecía haber sido apartado del pueblo. Sintió un olor extraño y húmedo, y el frío de la noche seguía dándole esporádicos escalofríos. El pie que oprimía su cabeza contra el suelo se separó de él, permitiéndole moverse un poco. Entonces el chico aprovechó para ponerse panza arriba, y pudo ver el cielo, tan verde como cuando salió del pueblo, justo como el día que su padre fue a buscar a la bestia y casi no logra sobrevivir... El mal presagio ya se había cumplido. Por fin pudo ver la cara de Kaldum, y había adivinado a la perfección la expresión que aquel hombre esbozaba. Divisó que se encontraban en una especie de oasis, y logró percibir entre las dunas unos árboles impresionantes e imponentes, gigantescos, parecía que el verdor del cielo se generaba por sus copas undiéndose en él y entintándolo.

Cuando su vista empezó a mejorar y dejó ver solo algunas sombras, vio una fogata. Comenzó a sentir miedo, y Kaldum estaba al tanto de eso. -Muchacho, tu castigo fue decidido hace mucho tiempo por la Orden Alada- El Utsen tomó un momento, lanzó unos cuantos balbuceos religiosos y rezó en voz alta, mientras sacaba de la llameante fogata una vara de hierro. -Los Alados vinieron a nosotros para salvarnos, y tú, hereje, decidiste condenarnos a todos nosotros, por tu egoismo, soberbia y estupidez, gracias al poder que me confiere ser el mensajero de nuestros amos, te condeno a llevar la marca de nuestra suprema Orden, para que todos sepan, vayas donde vayas, lo que intentaste hacer-

Thabei forcejeaba tanto como podía, pero la hemorragia de su cabeza lo tenía débil, y las cuerdas, las cuales él suponía que eran colas de dragón eran demasiado duras. Su desesperación crecía mientras la marca de los Alados se acercaba al rojo vivo a su cuello, podía sentir el calor, y Kaldum estaba disfrutando hacer esto lentamente. Inevitablemente, el cuello de Thabei fue marcado, un grito ahogado recorrió las dunas del desierto del sol rojo, y una vez más, el chico perdió el conocimiento. Sus últimos pensamientos fueron imaginarse aquella figura simétrica en su cuello, que iba a cambiar su vida de ahora en adelante, para siempre. Su familia se encontraba en su corazón, justo al lado de Renhet. Nada de esto le produjo lágrimas, solo una ira descomunal, que se desataría cuando despertase nuevamente, si es que lo hacía.

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